Amado Zombie

Tengo un artista, amigo virtual, que tiene una WEB más que interesante. Viéndola me llegó la idea de entrar en el mundo de los cuentos de terror, no lo había hecho nunca si no contamos mis artículos políticos, que también tienen su aquel. Este es el enlace de su página http://www.euzkalzombi.com/ de donde también he sacado los dibujos que acompañan al cuento.
Y este el cuento.

Cuando todo empezó éramos más.

El mundo no es lugar seguro excepto si eres uno de nosotros tres. Vamos armados hasta los dientes, nuestros uniformes nos abren todas las puertas y nada hace presagiar que los muertos puedan llegar siquiera a acercársenos.

Mataría encantado a mis compañeros si no fuese porque tres es el número mínimo para seguir cazando. Siempre he cazado, desde niño, cuando la epidemia zombi ni siquiera pasaba de las páginas de comic o de las pantallas de cine. Mi padre me enseñó a disfrutar de la muerte. De joven, cuando alcanzaba el certero disparo a las presas calientes, pensaba que el vaho que despedía la herida en el gélido invierno, era el alma de los animales que salía al tiempo que entraba la nada. Hoy se que no existen las almas.

Cuando la epidemia creció y se extendió como la niebla , supe cual iba a ser mi misión.

Éramos más, éramos demasiados.

Al mes teníamos a nuestra disposición el arsenal militar, hubo que matar a algunos vivos. Fue molesto porque no entraba en mis planes, pero necesario para poder ser los dioses que somos.

Día tras día recorremos las calles buscando presas. Cuando encontramos las manadas de zombies, la sangría es inmensa. Mis instintos gozan de un orgasmo destructor, pero no es nada comparable a encontrar un grupo de refugiados vivos.
Antes venían a nuestro encuentro buscando ayuda con la esperanza de verse protegidos por la seguridad que desprendemos. Ahora se ha corrido la voz y casi todos en la ciudad saben que es mejor para ellos caer en las garras de las manadas.


Veo sus sombras asomadas a ventanas medio cerradas, pero hoy no vamos a por ellos. Los vivos sueltos son divertidos, mucho más que los zombies, pero atrapar una manada nómada que acaba de llegar…Suelen venir con niños y mujeres que corean con gritos nuestro trabajo, un espectáculo inmenso si nos gustara tener espectadores, pero a ellos también los matamos.

Mataría a mis compañeros, pero no puedo, no es seguro.

Hoy ha llegado una caravana , está en las afueras. Los residentes vivos nos miran pasar por el centro de la calle desde sus escondites. Se que respiran tranquilos, saben que hoy no vamos a ir a cazarlos, otro día será.


En el camino encontraremos zombies, como siempre, pero aburren, a no ser que sean muchos, si es así, la adrenalina se dispara y no está nada mal. Pero vamos hacia las afueras.


Acabo de disparar a un niño asomado a una ventana, no le he dado, pero alguien ha tirado de él antes del segundo intento. Tomo nota de la dirección. Mañana estarán, tienen miedo a morir a manos de los zombies y ya están muertos, nosotros sólo los rematamos.

No recordaba lo lejos que están las afueras de nuestro cuartel, se me hace largo, mataría a mis compañeros.

El pequeño grupo que hemos encontrado nos ha durado un minuto, no eran mas de veinte.

Los nómadas deben haber escuchado los disparos, estarán ansiosos de ver de donde proceden, de encontrar un grupo de resistentes, seguramente ellos tendrán resistentes en su caravana, pero, como siempre dejarán sus armas para abrazarnos, justo un momento antes del concierto de disparos y gritos. Ingenuos.
Los vemos, estamos llegando. Han alzado vallas alrededor de sus vehículos. Las abrirán.

Hay humo, tendrán comida caliente, eso siempre viene bien después de una mañana de caza.

Nos han visto. Nos llaman y están abriendo las puertas de las vallas.

Quizá, en acabar esto, mate a mis compañeros.

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Hay quien sí ha hecho el Agosto

Se acabó. Se largó Agosto mientras dormíamos la mona de fiestas de pueblo y vacaciones.
Relajado y preparado para otro empujón de un año, se pregunta uno si ha aprovechado lo suficiente el mes de asueto y tarda unos segundos en decidir que no, nunca el tiempo es suficientemente aprovechado, y otros pocos en decidir que ha hecho lo que ha podido, así que, bienvenido el nuevo mes.

Un servidor, con la manía de no dejarse morir en vida, permanece informado allá donde vaya, y hoy ha decidido hacerse un resumen para ver al balance de lo que han hecho con su dinero durante Agosto. Cosas de desconfiados.

Veamos:

1.- Rajoy, cumpliendo su palabra a su estilo, crea el “banco malo” que dijo que no crearía en su discurso de investidura y en el mes de Abril.

Qué es el “banco malo”.

Muy sencillo, los bancos, que tasaron unos bienes como les vino en gana o no los pueden vender o los han tenido que ejecutar con los desahucios, tienen un montón. No van a conceder alquileres sociales a bajo coste cuando el precio caiga más aún, no, van a derribar edificios para poder especular de nuevo.

No pasa nada, les recortan a sus hijos en sanidad, en educación y en futuro y nosotros apechugamos, nos hacemos cargo de esos bienes, se los vendemos a ellos de nuevo por cuatro duros y pagamos la diferencia para que no les vaya mal a “sus chicos”. Exactamente los que van a gestionar el dinero que les damos, los mismos “chicos”.

Oiga, orgulloso de ser español de los de toda la vida y salvar a sus amos, como no.

2.- Sube el IVA, tal y como negó que haría hasta el mes de Abril, con lo que esperan subir la recaudación. El Portugal, Irlanda, y Grecia pasó al revés, deprimió más la economía y bajó el consumo y, por tanto, la recaudación y lo saben. Eso sí, conseguimos un pueblo más pobre y más dispuesto a aceptar trabajos en semiesclavitud, lo que ayuda a seguir salvando a “sus chicos”.

3.- España ha ardido de Norte a Sur y de Este a Oeste. Tampoco pasa nada, los toros vuelven a televisión el Madrid gana la supercopa y mañana tendrán “los chicos” nuevos terrenos recalificados.

4.- Cifuentes, la consejera de la comunidad de Madrid cuyo marido está en busca y captura, elabora listas negras con los datos de la gente de las asambleas, más de mil dice la señora tener.

5.- Rajoy se va de vacaciones y baja la prima, vuelve y sube otra vez.Recordemos que esa prima es lo que pagamos nosotros para amortizar la deuda de “los chicos”, a los que no va a dejar caer porque son “sus chicos”.

6.-Se bate el record de fuga de capitales del país. Deben ser los parados que se llevan sus millones fuera, o los inmigrantes, o “los chicos” quizá que, viendo que pagamos nosotros, no hace falta que pongan ellos su dinero.

7.- Por primera vez en la historia de este país y tras la cruenta reforma laboral el paro aumenta en el trimestre de verano. Eso sí es todo un logro oigan ¡un logro!

Nada nuevo en el horizonte como ven. La “Herencia recibida” que se repite como mantra hasta aquí, en Valencia, sin pudor, que no hace falta, les sobra para sus incondicionales. El “Saldremos” se convierte en un “Saldrán”, porque ellos sí van a salir, a nuestra costa. Y el “Confía”; bueno, el “Confia” lo dejo sin comentar por respeto al lector.

Solo me viene a la mente que en japón, un país donde el honor y el patriotismo se lleva en otros sitios además de en los escudos y banderas, el gobierno ha dimitido y convocado elecciones anticipadas por haber subido el IVA sin venir en el programa electoral. Pero es japón, ya lo sé, no este país de pandereta.

Y el Lunes a trabajar, que uno aún es afortunado.

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Líos de faldas

Aniceto y Pedrolo trabajaban de sol a sol en una finca desde hacía años. La amistad que proporciona la tediosa labor rutinaria y la dureza del trabajo del campo hizo importante mella en sus abandonadas sensibilidades.

La mañana, antes de encaminar pasos al trabajo del campo, se veía acompañada de unas copas de coñac después del café. Después, antes o en lugar del café.

Pedrolo no era feo, pero tenía la marca del burro de su tía que le dio una coz el día que le tiró del rabo y que le hundió el pómulo izquierdo, con lo que su rostro era, cuanto menos, diferente. Enjuto, como Aniceto. La indumentaria, de cambio semanal, zurcidos múltiples y compra anual, no ayudaba a hacer más agradable la vista de quienes con él se cruzaban.

Aniceto, de pelo crespo y sudado, tenía la voz quebrada y los andares diseminados. Rubio, con los ojos siempre vidriosos y vaso en la mano, mantenía acaloradas discusiones con su amigo día sí y día también sobre las más nimias cuestiones. Los días que el salario no alcanzaba, bien valía una botella de vino en casa para acompañar las disputas.

Vivían juntos en la casa materna de Aniceto. Desde que este se quedo solo a la muerte de su madre hasta que Pedrolo fue a vivir con él pasaron años de mucha melancolía. Ese día comenzaron a compartir gastos de agua y luz, escasos, porque la ducha, la fregaza semanal y la limpieza de casa y ropa mensual hacían del ahorro hídrico una constante, y la luz no la necesitaban, la embriaguez con la que solían llegar cada noche les enviaba a dormir con lo puesto sin tiempo a hacer gastos para ellos innecesarios. El abandono de la casa era evidente por fuera y por dentro. Nunca una persiana caída se levantó ni una mano de pintura suavizó la corrosión del tiempo, y este nunca dejó de pasar por lo que el deterioro, unido a la falta de limpieza cotidiana, hacía habitable la casa solamente para Aniceto y Pedrolo.

Quizá el lector tenga la impresión de que aquí se describe a dos desgraciados, un error muy común dado que siempre tendemos a juzgar según nuestra propia escala de valores. Según la de Aniceto y Pedrolo eran seres libres, independientes. Pregúntenles ustedes a ellos y lo podrán comprobar. Mucho más desde que la vida de ambos de vio envuelta en el frenesí sexual que les proporcionó Ana, que a eso a es a lo que vamos.

Ocurrió un sábado de verano. La chispera del Viernes, a pesar de ser semanal, se les había descontrolado hasta el punto de que a mediodía del Sábado aun estaban encamados. Ese día no se levantaron a trabajar. Al despertar, con el inevitable dolor de cabeza, Pedrolo avisó a Aniceto de que ya era tarde. Juntos descorcharon, si es que los tapones de plástico de las botellas que compraban se pueden descorchar, una botella de vino que sirvió como analgésico para la tremenda resaca. Animados por los efluvios del alcohol y el descanso que, aunque sea involuntariamente, proporciona dormir hasta tarde aumentó las ganas de vida. Ese día hubo limpieza general, cambio de muda y ducha para ambos. Y decisión, mucha decisión.

Aniceto y Pedrolo decidieron irse de putas.

Ya lo habían hecho dos años atrás, y la situación les había servido de cháchara hasta esos días, pero se había vuelto muy repetitiva, bueno, repetitiva se volvió al mes de comentar lo mismo, pero el asunto es que con cinco mil pesetas, colonia y ducha, ese día fueron a buscar el autobús que les llevase a tirar la casa por la ventana aquel sábado de verano.

No faltaron al bajar del autobús la previas infiltraciones por los bares baratos del barrio, ni las copas de Soberano antes de tantear la mercancía a su disposición. Con dos o tres de estas ya andaban los cuerpos dispuestos y el valor para acometer el trato previo era más que suficiente. Con esta actitud salieron del último bar y recorrieron las calles en busca de una mujer que les hiciera sentir que su condición de hombres no estaba totalmente deteriorada, porque el sexo, en realidad, nunca fue ni preocupación ni prioridad para ellos. Con su onanismo tradicional andaban más que servidos, pero poder contar que aun eran capaces de poseer a una mujer, aunque fuera más una transacción comercial que otra cosa, aupaba la autoestima y la popularidad de ambos.

Caminando por las calles plagadas de antros de puertas rojas, con mujeres escasas de ropa a ambos lados de la calle a las que no se atrevían a mirar a los ojos ni a contestar a sus llamadas llenas de obscenidad, llegaron a la puerta de un local que nunca habían visto allí. Un Sex Shop.

La valentía conseguida a través del cristal de las copas les animó a entrar y mirar. De paso se librarían del agobio que les suponía ver como aquellas mujeres ya les habían identificado como potenciales clientes y arreciaban en sus provocaciones para ofrecer sus servicios. El local, también ornamentado en rojo, fue un respiro. Comenzaron a hablar entre ellos, por fin, sin tener que comunicarse con nadie más. Rieron casi histéricamente al ver los consoladores, rieron avergonzados al encontrarse rodeados de cientos de títulos de películas de tema sabido y rieron sorprendidos mirando cachivaches que ni habían visto nunca ni sabían que utilidad podían tener. Rieron.

La risa dio paso a la concentración al ver a Ana. Expuesta, natural, callada, bella, incitante, hecha de plástico y látex. Tan diferente su servilismo prometido a la soberbia que las mujeres de la calle mostraban. A su superioridad moral evidente y que tanto apocamiento traía a sus débiles personalidades. No tardaron en decidirse a pagar por ella el doble que por los servicios de una de aquellas mujeres. El cálculo fue fácil. El gozo que les proporcionaría iba a ser más duradero, la tendrían en casa a su disposición cada vez que la necesitaran y nunca se quejaría de nada. Eso último fue lo que primó en su decisión final, eso y evitar una conversación previa con una mujer, el temor a no dar la talla ante ella a la hora de mantener dispuesta herramienta y ganas en el momento crucial y el bochorno de las cortas y balbuceantes evasivas necesarias para salir airoso o lo menos humillado posible.

Cargados con un paquete lleno de felicidad prometida, salieron con la frente alta y pasaron por delante de aquellas que antes hicieran bajar la mirada a nuestros hombres, mirándoles a los ojos. Se sentían vencedores de no se sabe muy bien que partido.
Esperaron el autobús de vuelta sentados en la barra de un bar barato cercano al apeadero. El paquete, envuelto aun, fue tema de conversación y animosas perspectivas. Decidieron que Aniceto sería el primero en yacer con Ana, nombre que vino a la mente de ambos de forma instintiva y que coincidía con el de una camarera de uno de los tugurios que frecuentaban en su pueblo.

Aniceto no bebió tanto como Pedrolo, no tenía intención de sufrir un gatillazo la primera noche con Ana, iba a dejar el pabellón bien alto esa noche.Al llegar, Aniceto se marcho directo a casa mientras Pedrolo iba al bar habitual a rematar el día con los últimos tragos. Cuando, horas después y perjudicado, muy perjudicado, llegó a casa, encontró a Aniceto limpio y despierto viendo la televisión, aparato este que se encendía en casa una vez al mes a lo sumo. Ana, desplegada y exuberante estaba sentada a la derecha, fija la mirada y tentadora la pose.

Pedrolo no iba a hacer uso de Ana ese día, la excitación del principio ya había derivado, a causa de los muchos tragos, en el embotamiento de los sentidos de que hacían gala nuestros amigos cotidianamente, se iría a dormir solo, con lo que Aniceto, despejado a medias aun, podría gozar si es que le apetecía y se sentía capaz de su compañía toda la noche, y así lo hizo.

El domingo amaneció como todos los domingos, pero ellos no. Aniceto, presa de la flamante novedad y de la excitante sensación de haber hecho algo malo y bueno se despertó antes que Pedrolo y se marchó, sólo, a comenzar el día.

Pedrolo, presa del entumecimiento de la mente matinal, constante debido al alcoholismo, se levantó más tarde presa de una erección espontánea y espuria, que en realidad el sexo para él nunca había pasado de una labor solitaria y mecánica y la erección, probablemente, respondía a razones físicas bien diferentes a las que hubiera podido provocar un ataque libidinoso. Pero esto no evitó que le vinisese a la mente Ana.

Allí estaba, tan sugerente, sentada al lado de la cama de Aniceto esperando cualquier cosa. En esa cama la poseyó, que no esperó ni mejor lugar, ni mejor momento. Se sorprendió del tacto tan real al acariciarle los senos, turgentes y temblorosos. Se sorprendió de la fragilidad de la extraordinariamente real mirada de Ana. Se sorprendió al penetrarla del realismo de su flujo vaginal, porque tenía flujo vaginal, él no había eyaculado y notaba la humedad de la entrepierna. Se sorprendió al comprender que el flujo era flujo pero no exactamente vaginal y de un empellón lanzó a la muñeca a tres metros de la cama. Maldijo la falta de higiene de Aniceto, su falta de solidaridad con el compañero y haberle dejado ser el primero. Maldijo la poca duración de las erecciones matutinas y la falta de una manguera para lavar a Ana en casa con lo que, bajo el grifo y a mano, procedió al aseo necesario de la nueva inquilina del hogar compartido. Una vez limpia y puesta a secar, con la erección en el recuerdo, se encaminó al bar donde, sin duda, encontraría a Aniceto. No se equivocó, nunca lo hacía en ese aspecto.

Acodado y callado, con un tercio de cerveza en la mano, miraba el aparato de televisión por el que andaban pasando laxos anuncios que, no ofreciéndole nada que le interesara, si le permitía abstraerse de la vida que transcurría a su alrededor.
-No has limpiado la muñeca Aniceto-dijo Pedrolo al tiempo que levantaba la mano al camarero reclamando su cerveza- Cuando la he cogido yo estaba mojada.

-A quien, ¿a Ana? Da igual hombre, cuando me he levantado he venido derecho aquí.

-Ya, pero a mi me ha tocado limpiarla y además no la he podido usar.-dijo con mal genio en la cara- Si la muñeca es de los dos tenemos que limpiarla después de cada uso.

-No es “la muñeca” , quedamos en que se llama ana.-respondió Aniceto indiferente- y vale, hay que limpiarla.¿Quieres otra cerveza?

-No, esta está entera aun.

-Vale.

Y así transcurrió la mañana, una cerveza tras otra hasta que la necesidad de borrar el día les hizo volver al siempre obnubilador coñac. No sabemos a que hora regresaron a casa, ellos tampoco, las obligaciones para el día eran cero y los intereses menores.Sabemos que Ana, o la muñeca, no tuvo trabajo esa tarde y que en casa se durmió hasta bien tarde.

Si lo tuvo el Lunes. Después del trabajo, Pedrolo, que aun no había probado los parabienes de su inversión, no fue al bar a acompañar a Aniceto que, sabedor del turno de uso, dejó solo a Pedrolo con su muñeca.
A la vuelta encontró Aniceto a Ana en el secadero, limpia y expuesta con mano cuidadosa por Pedrolo que ya estaba durmiendo. Aniceto no tenía ganas, realmente nunca fue una preocupación el sexo para él. Pero le había costado cinco mil pesetas y eso no se tira así como así, por lo que cogiendo a Ana la llevó a su habitación y volvió a yacer con ella, algo que le costo mucho trabajo dada la falta de erección y la desidia que el alcohol le había dispuesto poco a poco, año tras año.
Nuevamente quedo exhausto tras el esfuerzo y dejó a Ana sin el aseo correspondiente, con lo que dos días más tarde, Pedrolo en un nuevo intento de rentabilizar su gasto, encontró a la muñeca hinchada pero no dispuesta para el servicio. Sucia.

Dos veces son más que suficientes para que alguien acostumbrado a no tener más problemas que los mínimos llegue al hastío. Con un enfado considerable se dirigió a Aniceto ultimátum en mano. No podía ser que no lavara a ana, si el no podía desahogarse con ella habría que buscar una solución, la adquisición fue común y común debía ser el uso. Aniceto tampoco era amigo de líos , y mucho menos de líos de faldas.

Si recordamos lo leído, el asunto de las putas no tenía otra razón mayor que renovar el tema de conversación, agotado ya el de la última salida. ¡Que un hombre que se considere hombre debe ser malo alguna vez y poder contarlo! Para esas fechas se celebraba en toda España el día de San Juan y en el barrio no era menos. Con una fiesta y una hoguera.
No tardaron nuestros amigos en encontrar solución. Ambos estaban saturados de sexo, poco necesitaban. Ambos habían visto truncada su feliz monotonía ya lo suficiente. Ambos tenían garantizadas maldades que contar, con exageraciones y aspavientos incluidas, para varios años. Ambos veían peligrar su delicado equilibrio vital por culpa de Ana. Para mas justificación, Pedrolo no podía disfrutar de Ana y Aniceto no estaba por la labor de cambiar sus costumbres de salubridad.

El día de San Juan, por la tarde, después de recorrer cuartelillos y de disfrutar del ambiente festivo gratuito que las fiestas populares garantizan a gente como nuestros amigos, bebidas espirituosas incluidas, fueron a casa. Iban a sacar a Ana a pasear, iba a ser su presentación en sociedad.
Del brazo de sus dos únicos amantes, flanqueada y protegida Ana, hinchada y con sus mejores galas, boquiabierta como siempre, fue al bar donde trabajaba la mujer que le había dado nombre y que la recibió a carcajada batiente. Allí esperó hasta que ellos agotaran el contenidos de dos copas rápidas y fue acompañada hasta el lugar donde se centraba la fiesta grande. Ante la algarabía general fue entronada en un sillón subido a un altar donde supuso sería venerada. Allí quedo, sentada y reinando la fiesta. Nadie se fijó en la costra amarillenta de la entrepierna ni objetó a que fuese entregada en ofrenda a los dioses ancestrales y paganos a los que las hogueras de San Juan rinden tributo. Todos aclamaron las llamas y la débil explosión, que más que explosión podría haber sido ventosidad, arrancó aplausos de complacencia. Ana acabo su existencia reinando una fiesta, nuestros amigos también. Esa noche fue una noche que levantaría comentarios cuando hubieran pasado muchos años. Las invitaciones a beber llovían y supieron que la inversión de diez mil pesetas había sido un gran acierto.

Aniceto y Pedrolo no recordaron el final de la fiesta, pero entre fantasía y realidad volvieron a sentirse vivos y con una historia para compartir y mostrar. Volvieron a ser felices en su propia esencia, la suya.

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No era divina querido Dante.

Y cayó al fondo…

En el fondo no estaba solo. Miles, millones de almas sucias, envueltas en una espesa charca de aire aceitoso, gris, sudado. Manos sangrantes y uñas arrancadas a causa de vanos intentos de escapada, débiles, fútiles, inútiles. Caras angustiosas que, boquiabiertas y anhelantes, alzaban la mirada intentando respirar aire limpio.

Desde el fondo se veía la pirámide, la pirámide de donde habían caído todos.

Encima, sobre ella, con la transparencia que daba la irrealidad de un hecho inventado, se veía el cielo. Porque la pirámide, esa pirámide social en la que todos vivían, era una cárcel inventada, la peor de todas las cárceles y él sólo sabía vivir en ella, no lo había hecho en ningún otro lado, no lo podía hacer en ningún lado.

Sabía, como todos los habitantes del poliedro, que existía el fondo. Todos los consejos, la educación recibida, las maneras, los problemas, las soluciones, estaban encaminadas a que no cayera, pero a la vez también lo estaban a que no pudiera abandonar la base o cualquiera de los cuadrados que componían la nefasta pirámide, para que viviera y muriera donde nació. Y él nació en la base. Y la base ¡estaba tan cerca del borde!

Desde abajo, con la conciencia clara de ser más animal que persona, impregnándose del hedor y la sebosidad del medio, veía los rostros de los que hasta hace unos instantes eran sus amigos, compañeros o cómplices y confidentes, de los que fueron suyos y de los que no lo fueron. Rostros peyorativos y castigadores, dolorosos e impíos, crueles.

Quiso salir, llegar hasta ellos que estaban arriba, y se dejó las uñas donde ya las habían dejado tantos y tantos otros. Arañó las paredes sanguinolentas, mezcla de humedad y sangre corrompida, y estas le devolvieron a su punto de partida, no alzó un palmo y aún le pareció que estaba más al fondo, sin haberse movido.

Miró sus manos, miró las de su vecino. Manos desgajadas, rasgadas y jironeadas en un instante, manos que fueron limpias y fuertes otro instante antes y que ahora no le servían para salir del fondo del pozo. Dejó sus uñas rasgando las paredes, intentándolo.

El pánico acudió a la llamada de sus ojos que, observadores de la realidad que le rodeaba, ya habían tirado la toalla a la espera de que el resto de él, sus restos, la tiraran también. Porque allí abajo todos tiran la toalla, y todas las toallas, envueltas en mugre putrefacta, envuelven a su vez a quienes las tiran atrapándolos con fuerza contra el suelo.

El pánico ya le había sacado en varias ocasiones de diversos atolladeros y, sin pensar, mordió la pared. Astillas de hormigón y costra pringosa dejaron un hueco en el liso y cochambroso frontón. Sus dientes eran más duros que sus uñas. Metió sus manos en el hueco y comenzó a escalar. Voces le increparon al verle subir.

-Quédate, no lo intentes, ni puedes ni vale la pena.

Volvió su cara a las voces y los vio a todos.

Vio el hueco que habían dejado Amy Winnehouse y los enviados allí por drogas, aquella chica tenía arte. Ella había caído desde lo alto y estaba a un lado, en el mismo lado en el que estaba el vacío de los que bajaban cada noche y subían cada mañana, pernoctadores. Seres que de día, vivían vidas normales, a menudo ostentosas y ejemplares y que, cada noche, al acudir a ellos la soledad, bajaban al fondo. Su fondo era especial, era moral e interior, nada les faltaba en la pirámide social creada para y por ellos, nada hacía pensar que fueran habitantes del fondo cada noche, excepto la suciedad de sus corazones y sus almas, pero esa sólo la veían ellos, la sentían ellos, si es que la veían o la sentían. Y la sufrían, cada día, al despertar, tenían que tapar las huellas de haber pasado la noche en el fondo, y lo que era peor, tenían que ocultar el rastro que dejaba el saber que la noche siguiente volverían a él, porque volvían indefectiblemente; su vida se construía sobre la hediondez de sus sentimientos y sus actos, que era la que les arrastraba cada noche a su tortura.

Giró la cabeza y, desde la altura que había conseguido alcanzar, vio más, mucho más. Vio a los que nacen allí. Los que, sin ninguna causa, ni moral, ni física, ni otra que no sea la inmoralidad de los pernoctadotes estaban condenados a una vida total en el fondo. Vio niños. Millones de niños de tez oscura la mayoría, hacinados en un rincón del fondo. Junto a ellos, millones de padres que, aunque intentasen escalar la pared, aunque lo consiguiesen, serían arrojados de nuevo al fondo nada más ser descubiertos arriba por los mismos que no querían caer, habitantes de una pirámide social ciega. Desheredados, rechazados por miserables, por los mismos miserables que habían tenido la suerte de no nacer abajo. Desperdicios sin culpa.

Ojos inocentes en cuerpos por crecer habitando la caverna.

Y lloró.

Y su llanto le dio más fuerzas.

Clavando los muñones en que se habían convertido sus manos en los huecos dejados por los mordiscos rabiosos de sus dientes. Continuó escalando, poco a poco, sin pausa, sin dejar de llorar, sin quitar la mirada de esos niños. Países enteros, regiones enteras, familias enteras, nacidas, vividas y condenadas a vivir y morir allí, en el fondo, sin esperanza, sin dios ni justicia a su alcance

Y llegó al borde.

Gula y pereza.

Hubo manos de caras queridas que le alcanzaron y le ayudaron en los últimos metros. Besos, abrazos y efusiones que no pararon su llanto. Ojos que le miraban y no veían sus muñones, ni sus lágrimas, ni su recuerdo de los desheredados.

A su alrededor, condenados. Muchos por pereza, otros por gula, la mayoría por un destino sin razón. Gestos sometidos a un futuro cierto y acabado antes de empezar, a la espera de que les llegase el momento. Pensamientos mezquinos y aborregados de quien no aspira más que a no caer. Corazones pulcros pero resignados, lo que los hacía un poco menos honestos, menos sinceros.

Las caricias de quienes le querían ya no eran suficientes, ya no le podían esperanzar el corazón desgajado en el fondo horrible, el corazón desgarrado después de haber visto ese lado de la vida. El aire ya no le parecía limpio, sino mezquino, cerrado, insuficiente, asfixiante.

Volvió su rostro hacia la gigantesca boca del pozo y vio los pequeños orificios

por los que caían los de niveles altos de la pirámide al fondo y no lo dudó. Mordiendo con rabia incontenida las paredes de los pequeños túneles, continuo escalando, arriba, arriba, arriba. Mordisco, desgarro en la cutre para de miseria y tirón; arriba, arriba, arriba. Tenía que respirar el aire limpio, no quiso quedarse en el aire conforme, el aire resignado, tenía que ver a los creadores de la pirámide y el fondo; a quienes lo idearon y lo mantuvieron hasta que él llegó; y estos habitaban más arriba, donde el aire perdería su pestilente emanación, ese vaho que no le abandonaba. Y alcanzó el otro nivel.

Lujuria

Allí el aire no era más limpio, ni más fresco, ni más abundante que en el nivel inferior, sólo era diferente el olor, aunque los efluvios que le acompañaban desde el fondo persistieran en sus fosas nasales, estaban dentro de él, así como su recuerdo, que le hacía dudar de su propio olfato.

Vio engreimiento y mentira. Un mundo de hipocresía y falso orgullo. Comprendió que las personas que allí habitaban ni eran mejores ni peores que las de abajo. Estas hubieran visto con altivez inmerecida a quien moraba bajo sus pies si hubieran podido mirar desde esa altura. Condenadas a caer bajo el peso de sus muchos vicios, lujuriosos, superficiales.

Vio vanidad.

Apestosa vanidad de un auto-reconocimiento ni solapado ni disimulado. Base de la autosuficiencia ante inferiores, falsa, sí, pero desconocida por ellos mismos a

raíz de haber recibido la misma y farisaica educación que la del primer nivel.

Conformista, aduladora, engañosa, humillante, opresora.

Y no paró de subir.

Comprobó que los túneles se estrechaban, ya no eran amplios y capaces de encauzar a montones de gente. Aquí, en estos túneles donde el sabor del aire era el mismo que en el resto, pero por donde no bajaba multitud, las paredes seguían siendo hormigón cubierto de restos de carne. De dedos rozados hasta sangrar, prueba de que la caída era tan inevitable e indeseada como cierta. Cada vez que mordía, porque para subir siempre hay que morder, el sabor amargo y corrompido le llenaba las papilas, pero tenía que ver quien habitaba más arriba, por qué caían menos, qué les hacía mejores.

Ira y envidia.

Lo supo nada más alcanzar el borde del pozo. No eran mejores. En cada planta la cantidad de habitantes se reducía. Aquí encontró poder, poder prestado por los verdaderos amos a cambio de unas migajas, de ser la mano azotadora. Políticos, lideres morales, sacerdotes, especuladores, todos imbuidos de envidia e ira era el común de los que allí estaban. Los políticos, sacerdotes, líderes o especuladores, estaban en todos los niveles, pero los de allí estaban no respiraban su mismo aire. Envidia de sus amos, iracundos con sus lacayos. Gozosos de una superioridad conseguida a base de servilismos, en muchos casos, causa directa de sus viajes al fondo. Nada a lo que quisieran renunciar, nada de lo que arrepentirse, nada en que pensar, un solo objetivo, mantener su estatus en la pirámide. Allí el aire no

era humano, mas bien parecía estar dispendiado para mantener criaturas de

ciencia ficción, feas, horribles, amenazadoras, crueles. Miró con desprecio a su alrededor, y no sintió pena, sabía que de allí bajaban muchos, pero no lo apenó, quiso que bajaran todos y vieran con sus ojos lo que él había visto.

Delante de él estaba el último tramo de túneles. No tenía la misma pendiente, ni las paredes eran sucias, ni había rastros de lucha por no caer. Una escalera estrecha y limpia se elevaba girando en torno a un eje invisible, pegada a las paredes del túnel. Comenzó a subir peldaño a peldaño, extrañado. Sabía que iba a la morada de los pernoctadotes, pero no sabía qué encontraría allí. A pesar de no tener que luchar contra las condiciones de los otros túneles, el esfuerzo del ascenso era sobrehumano. Kilos de aire se agolpaban en sus hombros, un aire rancio, enrarecido, formaba una mano que empujaba su cansado cuerpo hacia abajo, como si no quisiera que subiese; no; como si quisiera hacerle más costosa la subida. Y a fe que lo conseguía.

Soberbia y avaricia.

Al llegar arriba vio espacio. Un espacio como nunca había visto. Arriba, el cielo, acristalado y claro. Al fondo, muy al fondo, figuras de personas desdibujadas por la distancia. Lujo de oro. El suelo repleto de riquezas hasta hacer imposible el caminar. Con esfuerzo avanzó hacia las sombras que divisaba a lo lejos y en tanto se iban perfilando sus cuerpos, fue teniendo miedo, miedo como en el fondo, porque allí el ambiente era el mismo, no habían excrementos, ni vómitos, pero el olor era ese, infecto y pútrido, era ese mismo olor infecto y pútrido del

fondo. Vio cómo se giraban al unísono hacia él los pocos habitantes del vértice, curiosos, relajados. Al acercarse, comprobó con terror que tenían muñones donde deberían tener brazos, como él, los muñones del alma que crea al conocer el fondo; pero además, sus troncos estaban abiertos, sus vísceras estaban al aire y nada había en el espacio donde debía estar el corazón. Los intestinos, colgantes o aguantados por sus propias manos para no arrastrar en el suelo. Vio el regular movimiento de sus pulmones, negros; nada había del rojo de la carne, todo tenía color apagado y oscuro dentro de ellos. Todo menos su sonrisa. Sonrisas abiertas y soberbias propias de quien se sabe poderoso, de quien sabía que con sólo una palabra podía cerrar el fondo, acabar con los pasadizos y cambiar la pirámide por un lugar plano, sin miseria, sin dolor injustificado y evitable. Curar a los niños que se hacinaban junto a sus desesperadas familias en aquel rincón de abajo, el que veían cada noche, divertidos. Sí, divertidos por conscientes. La maldad era la base de su existencia y la asumían como una cualidad común a todos ellos. Poco les importaban muñones o falta de humanidad, porque estaban allí y así por decisión propia, por avaricia. Poco les importaba ver cada noche amontonados a los habitantes del fondo, o saber que esa era la causa de su viaje diario allí. No querían ser felices, amaban su posición, sus riquezas y gozaban la miseria de los otros. Habían escogido dormir en el fondo a cambio de atesorar todo lo que producía la pirámide. Era suyo y eso era todo. Ni sabían ni querían saber de cosas como el amor, la piedad, la humanidad. Ellos como todos sus iguales, no veían defectos en sus vidas. La mayoría nació así y así se educó.

No pudo soportarlo. Bajo las escaleras corriendo, sin dejar sus lagrimas. Sitió pena por ellos, por los de abajo, por los de más abajo, por los de más abajo y por los del fondo, pero conforme corría fue cambiando la pena por odio. Y odió.

Y siguió llorando, esta vez, de rabia y repulsa.

Bajó un nivel y vio a sus siervos, y los odió. Bajó otro y vio a los engreídos, y los odió. Bajo a su nivel y vio la ruindad, y los odió.

Y supo qué tenía que hacer. Tendría que dar la vuelta a la pirámide y clavar la cúspide en el pasadizo, al fondo. Pero miró a su alrededor y entendió que estaba sólo. Nadie iba a mover un milímetro su posición, el conformismo, la resignación eran la tónica de sus vidas.

Y cayó al fondo.

Y al llegar, unas voces ya conocidas le dijeron.

-Te lo dijimos, no vale la pena.

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Perroflauta




Todo el mundo debería tener cuñados.

Un cuñado, si tienes suerte, hace que una sobremesa en principio sosa, se llene de picante y salsas varias. Yo, por mor de aquella idea que antes se tenía de que había que tener los hijos que dios mandaba tener, tengo decenas de cuñados. Pero la que me ocupa es una sola.

Mi cuñada.

Inteligente, sagaz y ágil de mente; madre; un cargo importante en una entidad financiera importante…¡Una joya! Guapa y, como no, liberal, extremadamente liberal.

Ideal para una buena discusión.

Y en ello estábamos el día de la mona, como ustedes saben, aquí, en Novelda, sagrado. El único día de asueto en la vorágine de la organización de la concentración contra la cesión del albergue. No habría habido miga para la trifulca si la decisión hubiera sido socialista, pero viniendo del PP Mi cuñadísima sacó sus armas pesadas.

¡Perroflautas!

Eso dijo.

” En esa concentración vais a estar los perroflautas quejándoos de lo de siempre. Quereís ganar en la calle lo que perdisteis en las urnas.”

No hubo manera. Ni contándole que había gente de su propio partido, ni hablándole de la imparcialidad partidista…¡Qué no! Perroflautas.

Pues bien, ayer, en la concentración me decidí a buscar a los perroflautas que hubieran venido.

Vi a D. Luís, empresario importante en la localidad, el que me da empleo, no se lo digáis a nadie. Pero él no podía ser. Católico, conservador, educado, de una de las familias más tradicionales de Novelda, no , él no era un perroflauta.

Sería Cristina, que cerró la tienda media hora antes para asistir Pero no, tampoco, es una luchadora, los luchadores no son perroflautas, no.

Sí, estaba claro, la perroflauta era Mª José, esa madre que, más que estar, corría detrás de sus hijos.¡Ella era la perroflauta! Pero no, pinta de perroflauta no tenía.

¿Y los jovenzuelos esos del grupo de la derecha? Conocía a varios, no, estaban estudiando y no, ellos sólo eran jóvenes.

Quizá aquel grupo de personas de allí… No, esos eran los del PSOE de IU y los de UPD, esos eran políticos, y los políticos son contra los que se quejan los perroflautas.

Entonces los vi, los de Novelda Indignada que vinieron todos juntos con su pancarta gigante vestidos de aquella manera. Pero es que allí estaban el abogado, el coaching deportista, el profesor, el enfermero, el empresario. Unos tipos así, aunque quieran otros, no son perroflautas.

Desesperado, uno, o se tira de los pelos y yo estoy calvo, o recapacita, así que hice lo segundo.

¿Qué es un perroflauta?

Un perroflauta es una persona que se queja, que está dispuesto a salir a la calle a pesar de que los políticos les digan que el poder les pertenece, que sus exigencias serán atendidas. No los creen.

¡Que saben que en el idioma en el que ellos hablan habita la mentira!

Una persona que está dispuesta a no ceder ni un ápice más de lo que se ha cedido.

Que odian el oscurantismo, ese cómplice imprescindible para la corrupción.

Ayer, la frase que más se oyó en la concentración aparte de que el albergue no se cede fue “es la gota que ha colmado el vaso”.

Y vi la luz. ¡Qué bonito es ver la luz y no tener que pagarla!

Mi cuñada tenía razón, allí habíamos 2000 perroflautas.

Juan G. Olivares, perroflauta aficionado.

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¡Que no oiga, que no!

Con seis años cumplidos, un niño mira. Y mirando mirando, seguía Juanito el devenir de la piña que servía de pelota a los adultos de 8 a 10 años. No le habían dejado jugar por pequeño, pero podía mirar.

El juego era sencillo. Uno atrapaba la piña, levantaba la vista para ver correr a los otros y se la lanzaba con toda la mala leche que era capaz al más cercano. El “Tafarrut” se llama el juego.

La piña la cogió Cristobal.

Cristobal, con diferencia, era el que más mala leche tenía y, habiendo sido lento, no quedaba a su alcance más que Juanito, que no jugaba, pero estaba allí. Presto estuvo Cristobal para lanzar con rabia la piña, pero más lo estuvo Juanito para agacharse con el resultado de que, tras un extraño rebote, el piñazo fue a parar al centro del cristal de la ventana de Teresa, “La Manqueta”.

Esta, a la que el impacto le había pillado depilándose las piernas en la misma habitación a la que entró furibunda la piña, se asomó por el agujero y cruzó la mirada con Juanito que, paralizado, fue el único que no corrió como alma que lleva el diablo al oír los trastazos del cristal roto.

Parálisis que aumentó con el vocerío posterior.

Tanto, que cuando decidió correr hacia su casa, se cruzó con “La Manqueta” que, amenazante, le avisó de lo que le esperaba en casa, que su madre ya lo sabía. Lo que demuestra que la manca era manca pero no coja, que mientras él iba la otra ya volvía.

En efecto, en la puerta de casa estaba la madre con enojo y disposición a reprimenda bien ganada. Pero nunca llegó.

Todas las madres saben cuando su hijo miente, lo reconozcan o no, lo saben. Al principio pensó que las lágrimas de Juanito eran de pavor por el mal causado y las posibles consecuencias, pero bastaron segundos para que distinguiera el color de la impotencia en ellas. Que la impotencia tiene color, amargo se llama.

No hubo reprimenda, sino consuelo para Juanito.

Cristobal dijo que la piña la había lanzado Juanito y nada se pudo hacer para desmentir la mentira. El cristal lo pagó Juanito, pero no lo rompió.

Ya ven ustedes.

Se que hablo para una sociedad que nace culpable y que es educada en la culpa. Nada tan efectivo como eso para manejar conciencias, pero aun así he de decírselo señores.

Últimamente no cesa el mensaje de que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, de que formamos parte del sistema, – el otro día me acusaron de tener una hipoteca-, de que nos hemos beneficiado de él y ahora lo criticamos. El ejemplo del joven obrero con BMW lo tenemos en el cerebelo incrustado. Hartazgo.

Unos convencidos por ideología. Recordemos que se está imponiendo la opinión liberal de que si no eres un emprendedor eres un fracasado y los derechos…;bueno, ya sabemos donde han ido los derechos de los pobres. Otros convencidos por la ola de manipulación mental a base de eufemismos y titulares que está arrasando con cualquier indicio de autogestión cerebral o de independencia crítica e ideológica. Otros más no lo entiendo muy bien.

¡Tenemos que apretarnos el cinturón!

Pues no señores, tienen que apretárnoslo ustedes, porque nosotros siempre lo hemos llevado sujeto. Han sido ustedes quienes se lo soltaron y son ustedes los que nos lo aprietan a nosotros para pagar sus desvaríos.

Hablamos de hipotecas a x años, impagables a todas luces hoy y acusamos al hipotecado como si se tratara de un delincuente porque así nos lo venden, pero ¿Alguien se ha parado a pensar en cual es el mal cometido?

Ya se lo digo yo, miren:

Todos los españoles tienen derecho a disfrutar de una vivienda digna y adecuada. Los poderes públicos promoverán las condiciones necesarias y establecerán las normas pertinentes para hacer efectivo este derecho, regulando la utilización del suelo de acuerdo con el interés general para impedir la especulación.

La constitución. Esa cosa.

No es un mal, es un derecho.

El derecho a , con el usufructo del salario, tener para una vivienda en la que formar una familia, o al menos a tener un salario que te permita eso. Si después te lo gastas en un BMW allá tú, pero en este país, en mi país, su país, nuestro país la gran mayoría de los habitantes, pensaron en una casa para vivir y un coche para trabajar. No en el BMW del niñato, ese es minoría responsable, Yo no, ni casi ninguno, mírese usted, o a sus allegados.

De lo que hace tiempo que no oímos hablar es del poder adquisitivo. Si , eso. Poder adquisitivo, ese que empezó a bajar con la entrada en el Euro y que no ha parado.

Veamos. En 1998 el metro de vivienda estaba en 1089 €, en 2005 a 2516€, bien; la oferta y la demanda; ya. Solo que el mismo asesor, el mismo tasador del mismo banco, valoró ese préstamo en el 98 y en el 2005.

Prestó lo que vale la casa al constructor, lo que vale la casa más el beneficio al comprador y lo que vale la casa, más el beneficio del promotor y el beneficio del especulador al currito que buscaba piso para vivir.¡¡Con todo su derecho!! Recordemos.

Y ¿donde estaban las normas, la regulación y las condiciones que tenían que proporcionar los poderes públicos? En el banco, al lado del director repartiéndose nuestro futuro.

No señores. Yo no soy culpable. Pagaré, sí. Porque ustedes son más fuertes y tienen más poder en este mundo donde el principal valor es la avaricia, pero soy víctima de un robo. No lo olviden, lo se. Y duele más la indignidad de sentirme acusado que el dinero que me están robando, y tengo una prueba de ello. No se lo que costó aquel cristal, ni mi madre tampoco, pero ambos recordamos perfectamente que una vez me vestí del color amargo de la impotencia, tanto que hoy, cuarenta años después, lo escribo para ustedes.

 


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Los ojos de la culpabilidad

No hace ni unos días siquiera pude asistir, estupefacto, al rechazo descarado y cruel de un progenitor a su engendro. Mi amigo hiperliberal Ramón, escribió en su Blog un relato sobre su “hija” Cris.  En él Cris, diminutivo de crisis, pasea  un mundo culpable en el que todos evitan ser el padre.

A tu salud Ramón, espero que esta carta abierta, que esta versión más real de la historia te sea útil, estar equivocado es algo que tiene fácil solución, si no se reincide.

Si hay algo que no soporto es el abuso de los débiles. Entre todos los tipos de abusos a los más débiles, el que más detesto es el abuso infantil. De todos los abusos infantiles que se pueden perpetrar, el más rechazado por mí es el abandono consciente.

He de decir que, aunque rechazo el abandono, esta vez acogí la noticia y el relato de la historia con una amplia sonrisa, con esperanza y buen humor. Este hecho se debe a que el amor paterno-filial, ineludible cuando algo es sangre de tu sangre, hace confundir a una monstruosa criatura con una hermosa niña cuando los ojos que miran, miran desde el nacimiento hasta la actualidad, cuando pertenecen a quienes lo han criado.

Ahora bien, no se me escapa que la negación de la paternidad, del hecho de que una coyunda continuada en el tiempo entre su liberalismo y el amor al dinero trajese al mundo tamaña progenie, avergüenza en cierta manera a quien gozó y goza de las carnes suculentas de camas bajas y efluvios corporales compartidos y mezclados entre muchos en el interior de un solo cuerpo. De quien, hastiado de noches de desenfreno narcotizadas con ideales equivocados, pretende negar la herencia genética dejada en las carnes del esperpento. De quien, acostándose a diario con una puta, ahora embarazada, pretende después negar la posibilidad de que sea el suyo el espermatozoide ganador, como si eso se pudiera negar sin evidencia de culpa.

También, atónito, asisto a la perversión de la descripción de los hechos cometidos por el engendro en las casas de los habitantes felices del mundo en el que dio a luz la prostituta agradecida.

Deja ver el relato de los hechos que, retozona y alegre, una niña pasea de casa en casa rechazada por los felices habitantes de tan desgraciados -después del paso del monstruo- hogares.

Deja ver que ellos podrían haber evitado tanto la existencia del prostíbulo como el vicio del adicto al sexo plural y vicioso.

Pero no es así.

Los habitantes del mundo de Cris no sabían quiénes eran los padres porque estos no vivían en el mismo mundo. Los padres de Cris, muchos, no salían nunca de la casa de putas, no se dejaban ver.
Los padres de Cris pretendían donar en adopción a la niña porque esta monstruosidad, creada por ellos, se había excedido en aquello para lo que había sido adiestrada. Ya no era útil.

Los habitantes no rechazaban a la “niña” porque sí. Lo hacían porque cuando llegaba a sus casas se llevaba la comida de los hijos de personas honradas, el presente y el futuro, dejando un campo de desolación donde antes hubo un fértil huerto de vidas y esperanzas.

Ahora tenían que ver asombrados como desde el prostíbulo se les emplazaba a seguir alimentando a la criatura abandonada por sus creadores. Como, desde el mismo lupanar donde fue concebida, donde nació y donde la educaron, se alzaban voces emplazando a los inocentes habitantes del pueblo a adoptar a la monstruosidad liberada bajo la acusación falsa de culpables de un fornicio que nunca tuvo lugar.

No es tiempo de eludir responsabilidades. Quien estuvo con la puta es el padre. O eso o es él el que debe llevar a quien tuvo el esperma más veloz ante los ojos justos de quien paga las consecuencias de las tropelías de Cris. Los habitantes del mundo feliz bastante tienen con recuperarse de los daños ocasionados por el maldito demonio al que yo nunca hubiera llamado Cris, sino Stif, diminutivo de Stefan, o estafa en este caso.

El artículo de Ramón en su blog

http://ramonmartinezpiqueres.blogspot.com/2012/02/tan-solo-una-criatura.html?spref=fb&fb_source=message

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Rocío y tú.

El unicornio de detuvo. Escuchó y supo que era el sitio. Alzó la vista y, fijamente, deleitó sus sentidos con las sensaciones que los cuerpos celestes dejan en aquellos que levantan la vista, los que buscan soñar.
La noche, azul estrellado, húmeda, fría, clara a pesar de la oscuridad, imbuía de paz todo lo que rodeaba. El ensordecedor ruido del silencio encogía su corazón hasta convertirlo en un puñadito de sensaciones. Pero eso era lo que él venía a buscar cada vez que necesitaba ser realmente feliz.
El unicornio es el animal más feliz de la tierra, o del mundo, teniendo en cuenta las extensiones que cada uno es capaz de darle.
Nadie le puede atrapar. Nadie encerrar. Nadie alcanzar. Nadie someter. Nadie dominar o dirigir. Es inmortal. Bello. Sus ojos claman por bondades. Los ojos siempre claman los sentidos de los corazones.
Es el Ser más feliz.
Enterrado en un blasón verde de naturaleza, rodeado de una espesura arrebatadora, el unicornio calla y permanece inmóvil. No oye porque no escucha. No necesita hacerlo, suele disfrutar oyendo sus mecanismos personales, sus latidos, su respiración, como si fuera música en esos momentos tan puntuales y deseados.
El unicornio es el ser más feliz y cualquiera pensaría, con todo el derecho, que es debido todo lo descrito. Pero no es así.
Al unicornio lo hace feliz su capacidad de imaginar.
En silencio, se está abstrayendo de su mundo, en este caso también un mundo feliz, aunque abandonado por el protagonista. Su mundo se ha vaciado con la huída del unicornio a sabiendas de que seguirá siendo un mundo feliz porque volverá a él nuestro ser. Todos los mundos llegan a su fin cuando quien los habita se marcha.
¿A dónde ha ido?
El unicornio ha entrado en una gota de rocío. Retoza con la frescura y la nitidez de lo que sus ojos ven dentro de ella. Los colores allí no son nunca de un solo color. Todos se mezclan, los brillos se confunden unos con otros hasta hacer indivisible la gama cromática que ofrecen las gotas de rocío. Como en los ojos del unicornio, como en tus ojos. Sus patas caminan por la circunferencia perfecta, pulida hasta la extenuación y, aun así, nunca resbalan. Dentro de una gota de rocío no se oye nada, realmente ni siquiera se ve nada, todo se siente. De adentro a fuera.
¿No has entrado nunca a una gota de rocío?
En las gotas de rocío nada tiene importancia. No más que la que tiene el mero hecho de existir para estar ahí. No son como las gotas de agua de lluvia. Esas gotas caen y arrastran impurezas, o las levantan al caer. El rocío se crea en el lugar en el que se posa y escoge el lugar más bello para posarse. Quizá sea que el lugar donde se posa se convierta en el más bello cuando lo hace, pero, el caso, es que no hay lugar con gota de rocío que no sea el lugar más bello. El rocío se crea todas las noches, o casi. Está aquí, donde tú vives, donde duerme un niño, donde tus ojos miran. No hay que pedir permiso ni pagar entrada. Solo hay que entrar. Como el unicornio.

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Estimado Sr. Vendemaletas, dos puntos.

Estimado Sr. Vendemaletas:

Hace un tiempo adquirí en su establecimiento una maleta marca “Insensatez” que, tal y como Ud. me indicó, soportaba el peso de tantas cosas inútiles como quisiera transportar. Lo cierto es que conseguí darle uso a más de la mitad de los compartimentos; algunos con mis cosas, otros (y este es el mayor inconveniente de que sea tan amplia) con enseres de almas no viajeras a las que no les rueda la vida.

Considero, a la vista de lo acontecido últimamente, que el artículo ya no me interesa ni se ajusta a mis necesidades, por lo que desearía devolverlo. Me avala la ley vigente (RD 0002/2011, del 31 de Diciembre) sobre Energías positivas.

Por supuesto, adjunto factura con fecha “hace un tiempo” e importe “bienestar”.

Mediante el presente escrito le anuncio la devolución del producto y, teniendo en cuenta que su aspecto exterior se encuentra en condiciones óptimas para la reventa, desearía proponerle el siguiente trato y trueque:

Quien escribe le retorna el bulto perfectamente aseado (ha sido enviado, de hecho, a la tintorería para eliminar cualquier resto de rasguño y/o trastazo), debidamente envuelto y conteniendo un par de vaqueros minusválidos, un bikini para el invierno, guantes invisibles incapaces de aplaudir y gafas opacas del color de la ignorancia. Incluso, si así lo deseara, podría añadir unos zapatos que caminan hacia atrás. La piel no es de la mejor calidad, pero a su favor debo decir que no tienen la suela demasiado gastada.

Como le decía, nada de eso me es ya necesario, pero si creo que, probablemente, pueda interesar al futuro comprador del mismo.

A cambio, le agradecería me remitiera una maleta nueva con las siguientes características:

La parte exterior debe tener un bolsillo pequeño, donde pueda meter un par de paquetes de clínex por si necesitara llorar o, por el contrario, fuera incontrolable el deseo de reir demasiado. Busque una que tenga, cerca de las ruedas, una abertura de tamaño intermedio. Allí podría llevar el botecito de jabón que utilizo para entregarme, aséptica, a los destinos con que me quiera embrujar el día. Que me quede espacio para el exfoliante, para estregarlo contra la epidermis y eliminar así las células muertas e inservibles. Pero cuidado! La dermis y todo lo que sigue hacia dentro no debe sufrir deterioro. (En relación a esto último despreocúpese; ya me encargo yo).

El compartimento principal: que quepa una capa para abrigarme y un libro, pero que entren justitos. Por eso que nada de maletas grandes, ha de ser pequeña. Dese cuenta usted que lo imprescindible que siempre viaja conmigo no pesa, no ocupa espacio, tampoco huele…pero sí, sí sabe.

Una cosa más, aunque entiendo que esto es un mero capricho…Podría ser de color verde esperanza, con unas pizcas de purpurina para que me brillen los ojos cuando la mire?

Sin otro particular, le saluda atentamente

Geminiana

Esto no es mio. Soy incapaz de escribir algo así. A la derecha, abajo hay unos enlaces a blogs amigos. Sin desperdicio el de Geminiana, sin desperdicio.

Os lo deseo a todos para el año que viene.

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