Emulando a Solzhenitsyn

Niño

Una hora en la vida de Miguel Carmona Fernandez

 

Despierta.

Como cada día aparta las sabanas grises y se sacude el pelo. Con ojos de ayer, mira fijamente la pared durante unos instantes y apura el breve segundo de duda entre levantarse o no.

De un salto casi imposible, certero y silencioso, baja de su colchón compartido sin que su hermano mayor, diez años había cumplido el día anterior, se despierte. Él nunca se levanta. Miguel se enfunda su camiseta tras un rápido repaso en el que a malas penas puede evitar ver la media docena de manchas – vaya usted a saber de qué- de días anteriores, el pantalón y una cazadora que le ha dado Juani, la madre de Ramón, su amigo de correrías.

El primero en levantarse.

Avanza despacio, rodeando la mesa que preside la habitación y mira dentro de su mochila, ajada y llena de mitades de lápices de colores y rotuladores que no pintan; hojas arrancadas de libretas a medio usar que ya han satisfecho las necesidades de quien tuvo dinero para comprarlas y los libros que le dio el hombre alto de los servicios sociales.

Como siempre, no hay bocadillo.

Desayuno.

Mira de reojo la sartén sucia de la noche anterior. Cenaron tortilla de patatas y acelgas y no puede evitar relamerse con el retomado sabor del pensamiento. Las acelgas las recoge su padre de los márgenes de los bancales, es casi primavera y no tardarán en desaparecer, la acelgas crecen en invierno y ya las hojas no son tan exuberantes como un mes atrás. No le gustan mucho, pero siempre hay. La tortilla no duró nada.

Mamá y papá.

Su madre duerme en el jergón de la derecha. Nunca se despierta tan temprano.

Su padre, con restos de vino en el pecho, tumbado al lado y pegado a la pared, no va a amanecer hasta mucho más tarde que ella. Probablemente no irá hoy a por chatarra y esta noche no traerá huevos para la tortilla.

Al colegio.

A Miguel le gusta ir al colegio.

Allí el aire parece más puro. Durante las clases hay silencio, el silencio se vende a muy alto precio en las chabolas y él conoce su valor. Se siente seguro cuando los mayores le hablan. Nadie le hace daño en el colegio. En matemáticas es muy bueno le han dicho siempre los profesores. Mientras los demás se ayudan en las operaciones con los dedos, él lo hace con la cabeza, a veces, incluso más rápido que ninguno. No es lo mismo escribiendo, los días que no va se explican cosas y luego él no puede deducirlas. Las matemáticas le gustan por eso, porque puede adivinarlas y él en eso es el mejor. Su hermano Chimi siempre le pregunta como encontrar soluciones a la multitud de líos en los que se mete y eso es como las matemáticas, calcular soluciones y buscar resultados. Así lo ve Miguel.

Roberto.

Y está Roberto, el profe de mates.

Roberto es muy bueno con Miguel. Nunca le deja la hoja sin corregir, le dice que muy bien, sonriendo y siempre le pide que vuelva al día siguiente. Roberto sabe que mira de reojo a sus compañeros a la hora del bocadillo y, a escondidas, se acerca y le da un buen trozo del suyo.

Su bocadillo debe ser gigante.

El Almuerzo.

Sale de la chabola con la cara lavada, eso es lo que menos le gusta de ir al colegio, el agua está fría por las mañanas, pero Roberto le pone mala cara cuando va sin lavarse.

Va corriendo a casa de Ramón deseando que se haya levantado. Conforme se va acercando afloja el paso. El mundo de siete años que habita se le hunde otro poquito, como casi cada día.

Para antes de llegar. La puerta está cerrada, Ramón no se ha levantado. Se sienta en la caja de plástico de la puerta y piensa: al menos, la Chata, cuando no tenga yonkis que atender, nos dará un trozo de pan con queso del que a él tanto le gusta. Miguel es bueno en matemáticas, siempre encuentra las soluciones, pero hoy, otra vez, no irá al colegio.

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2 respuestas a Emulando a Solzhenitsyn

  1. Tearsinrain dijo:

    Terrrible por la historia, pero muy bien escrito. A mi, que trabajo con infancia en riesgo de desamparo, estos textos me tocan y me absorben más que otros. Felicidades.

  2. Al fin concluí de ojear todo su espacio, que además de ser bien chulo, es necesario en estos tiempos tan insustanciales; ¿por qué ya no escribe sus pensamientos y ocurrencias?

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