Líos de faldas

Aniceto y Pedrolo trabajaban de sol a sol en una finca desde hacía años. La amistad que proporciona la tediosa labor rutinaria y la dureza del trabajo del campo hizo importante mella en sus abandonadas sensibilidades.

La mañana, antes de encaminar pasos al trabajo del campo, se veía acompañada de unas copas de coñac después del café. Después, antes o en lugar del café.

Pedrolo no era feo, pero tenía la marca del burro de su tía que le dio una coz el día que le tiró del rabo y que le hundió el pómulo izquierdo, con lo que su rostro era, cuanto menos, diferente. Enjuto, como Aniceto. La indumentaria, de cambio semanal, zurcidos múltiples y compra anual, no ayudaba a hacer más agradable la vista de quienes con él se cruzaban.

Aniceto, de pelo crespo y sudado, tenía la voz quebrada y los andares diseminados. Rubio, con los ojos siempre vidriosos y vaso en la mano, mantenía acaloradas discusiones con su amigo día sí y día también sobre las más nimias cuestiones. Los días que el salario no alcanzaba, bien valía una botella de vino en casa para acompañar las disputas.

Vivían juntos en la casa materna de Aniceto. Desde que este se quedo solo a la muerte de su madre hasta que Pedrolo fue a vivir con él pasaron años de mucha melancolía. Ese día comenzaron a compartir gastos de agua y luz, escasos, porque la ducha, la fregaza semanal y la limpieza de casa y ropa mensual hacían del ahorro hídrico una constante, y la luz no la necesitaban, la embriaguez con la que solían llegar cada noche les enviaba a dormir con lo puesto sin tiempo a hacer gastos para ellos innecesarios. El abandono de la casa era evidente por fuera y por dentro. Nunca una persiana caída se levantó ni una mano de pintura suavizó la corrosión del tiempo, y este nunca dejó de pasar por lo que el deterioro, unido a la falta de limpieza cotidiana, hacía habitable la casa solamente para Aniceto y Pedrolo.

Quizá el lector tenga la impresión de que aquí se describe a dos desgraciados, un error muy común dado que siempre tendemos a juzgar según nuestra propia escala de valores. Según la de Aniceto y Pedrolo eran seres libres, independientes. Pregúntenles ustedes a ellos y lo podrán comprobar. Mucho más desde que la vida de ambos de vio envuelta en el frenesí sexual que les proporcionó Ana, que a eso a es a lo que vamos.

Ocurrió un sábado de verano. La chispera del Viernes, a pesar de ser semanal, se les había descontrolado hasta el punto de que a mediodía del Sábado aun estaban encamados. Ese día no se levantaron a trabajar. Al despertar, con el inevitable dolor de cabeza, Pedrolo avisó a Aniceto de que ya era tarde. Juntos descorcharon, si es que los tapones de plástico de las botellas que compraban se pueden descorchar, una botella de vino que sirvió como analgésico para la tremenda resaca. Animados por los efluvios del alcohol y el descanso que, aunque sea involuntariamente, proporciona dormir hasta tarde aumentó las ganas de vida. Ese día hubo limpieza general, cambio de muda y ducha para ambos. Y decisión, mucha decisión.

Aniceto y Pedrolo decidieron irse de putas.

Ya lo habían hecho dos años atrás, y la situación les había servido de cháchara hasta esos días, pero se había vuelto muy repetitiva, bueno, repetitiva se volvió al mes de comentar lo mismo, pero el asunto es que con cinco mil pesetas, colonia y ducha, ese día fueron a buscar el autobús que les llevase a tirar la casa por la ventana aquel sábado de verano.

No faltaron al bajar del autobús la previas infiltraciones por los bares baratos del barrio, ni las copas de Soberano antes de tantear la mercancía a su disposición. Con dos o tres de estas ya andaban los cuerpos dispuestos y el valor para acometer el trato previo era más que suficiente. Con esta actitud salieron del último bar y recorrieron las calles en busca de una mujer que les hiciera sentir que su condición de hombres no estaba totalmente deteriorada, porque el sexo, en realidad, nunca fue ni preocupación ni prioridad para ellos. Con su onanismo tradicional andaban más que servidos, pero poder contar que aun eran capaces de poseer a una mujer, aunque fuera más una transacción comercial que otra cosa, aupaba la autoestima y la popularidad de ambos.

Caminando por las calles plagadas de antros de puertas rojas, con mujeres escasas de ropa a ambos lados de la calle a las que no se atrevían a mirar a los ojos ni a contestar a sus llamadas llenas de obscenidad, llegaron a la puerta de un local que nunca habían visto allí. Un Sex Shop.

La valentía conseguida a través del cristal de las copas les animó a entrar y mirar. De paso se librarían del agobio que les suponía ver como aquellas mujeres ya les habían identificado como potenciales clientes y arreciaban en sus provocaciones para ofrecer sus servicios. El local, también ornamentado en rojo, fue un respiro. Comenzaron a hablar entre ellos, por fin, sin tener que comunicarse con nadie más. Rieron casi histéricamente al ver los consoladores, rieron avergonzados al encontrarse rodeados de cientos de títulos de películas de tema sabido y rieron sorprendidos mirando cachivaches que ni habían visto nunca ni sabían que utilidad podían tener. Rieron.

La risa dio paso a la concentración al ver a Ana. Expuesta, natural, callada, bella, incitante, hecha de plástico y látex. Tan diferente su servilismo prometido a la soberbia que las mujeres de la calle mostraban. A su superioridad moral evidente y que tanto apocamiento traía a sus débiles personalidades. No tardaron en decidirse a pagar por ella el doble que por los servicios de una de aquellas mujeres. El cálculo fue fácil. El gozo que les proporcionaría iba a ser más duradero, la tendrían en casa a su disposición cada vez que la necesitaran y nunca se quejaría de nada. Eso último fue lo que primó en su decisión final, eso y evitar una conversación previa con una mujer, el temor a no dar la talla ante ella a la hora de mantener dispuesta herramienta y ganas en el momento crucial y el bochorno de las cortas y balbuceantes evasivas necesarias para salir airoso o lo menos humillado posible.

Cargados con un paquete lleno de felicidad prometida, salieron con la frente alta y pasaron por delante de aquellas que antes hicieran bajar la mirada a nuestros hombres, mirándoles a los ojos. Se sentían vencedores de no se sabe muy bien que partido.
Esperaron el autobús de vuelta sentados en la barra de un bar barato cercano al apeadero. El paquete, envuelto aun, fue tema de conversación y animosas perspectivas. Decidieron que Aniceto sería el primero en yacer con Ana, nombre que vino a la mente de ambos de forma instintiva y que coincidía con el de una camarera de uno de los tugurios que frecuentaban en su pueblo.

Aniceto no bebió tanto como Pedrolo, no tenía intención de sufrir un gatillazo la primera noche con Ana, iba a dejar el pabellón bien alto esa noche.Al llegar, Aniceto se marcho directo a casa mientras Pedrolo iba al bar habitual a rematar el día con los últimos tragos. Cuando, horas después y perjudicado, muy perjudicado, llegó a casa, encontró a Aniceto limpio y despierto viendo la televisión, aparato este que se encendía en casa una vez al mes a lo sumo. Ana, desplegada y exuberante estaba sentada a la derecha, fija la mirada y tentadora la pose.

Pedrolo no iba a hacer uso de Ana ese día, la excitación del principio ya había derivado, a causa de los muchos tragos, en el embotamiento de los sentidos de que hacían gala nuestros amigos cotidianamente, se iría a dormir solo, con lo que Aniceto, despejado a medias aun, podría gozar si es que le apetecía y se sentía capaz de su compañía toda la noche, y así lo hizo.

El domingo amaneció como todos los domingos, pero ellos no. Aniceto, presa de la flamante novedad y de la excitante sensación de haber hecho algo malo y bueno se despertó antes que Pedrolo y se marchó, sólo, a comenzar el día.

Pedrolo, presa del entumecimiento de la mente matinal, constante debido al alcoholismo, se levantó más tarde presa de una erección espontánea y espuria, que en realidad el sexo para él nunca había pasado de una labor solitaria y mecánica y la erección, probablemente, respondía a razones físicas bien diferentes a las que hubiera podido provocar un ataque libidinoso. Pero esto no evitó que le vinisese a la mente Ana.

Allí estaba, tan sugerente, sentada al lado de la cama de Aniceto esperando cualquier cosa. En esa cama la poseyó, que no esperó ni mejor lugar, ni mejor momento. Se sorprendió del tacto tan real al acariciarle los senos, turgentes y temblorosos. Se sorprendió de la fragilidad de la extraordinariamente real mirada de Ana. Se sorprendió al penetrarla del realismo de su flujo vaginal, porque tenía flujo vaginal, él no había eyaculado y notaba la humedad de la entrepierna. Se sorprendió al comprender que el flujo era flujo pero no exactamente vaginal y de un empellón lanzó a la muñeca a tres metros de la cama. Maldijo la falta de higiene de Aniceto, su falta de solidaridad con el compañero y haberle dejado ser el primero. Maldijo la poca duración de las erecciones matutinas y la falta de una manguera para lavar a Ana en casa con lo que, bajo el grifo y a mano, procedió al aseo necesario de la nueva inquilina del hogar compartido. Una vez limpia y puesta a secar, con la erección en el recuerdo, se encaminó al bar donde, sin duda, encontraría a Aniceto. No se equivocó, nunca lo hacía en ese aspecto.

Acodado y callado, con un tercio de cerveza en la mano, miraba el aparato de televisión por el que andaban pasando laxos anuncios que, no ofreciéndole nada que le interesara, si le permitía abstraerse de la vida que transcurría a su alrededor.
-No has limpiado la muñeca Aniceto-dijo Pedrolo al tiempo que levantaba la mano al camarero reclamando su cerveza- Cuando la he cogido yo estaba mojada.

-A quien, ¿a Ana? Da igual hombre, cuando me he levantado he venido derecho aquí.

-Ya, pero a mi me ha tocado limpiarla y además no la he podido usar.-dijo con mal genio en la cara- Si la muñeca es de los dos tenemos que limpiarla después de cada uso.

-No es “la muñeca” , quedamos en que se llama ana.-respondió Aniceto indiferente- y vale, hay que limpiarla.¿Quieres otra cerveza?

-No, esta está entera aun.

-Vale.

Y así transcurrió la mañana, una cerveza tras otra hasta que la necesidad de borrar el día les hizo volver al siempre obnubilador coñac. No sabemos a que hora regresaron a casa, ellos tampoco, las obligaciones para el día eran cero y los intereses menores.Sabemos que Ana, o la muñeca, no tuvo trabajo esa tarde y que en casa se durmió hasta bien tarde.

Si lo tuvo el Lunes. Después del trabajo, Pedrolo, que aun no había probado los parabienes de su inversión, no fue al bar a acompañar a Aniceto que, sabedor del turno de uso, dejó solo a Pedrolo con su muñeca.
A la vuelta encontró Aniceto a Ana en el secadero, limpia y expuesta con mano cuidadosa por Pedrolo que ya estaba durmiendo. Aniceto no tenía ganas, realmente nunca fue una preocupación el sexo para él. Pero le había costado cinco mil pesetas y eso no se tira así como así, por lo que cogiendo a Ana la llevó a su habitación y volvió a yacer con ella, algo que le costo mucho trabajo dada la falta de erección y la desidia que el alcohol le había dispuesto poco a poco, año tras año.
Nuevamente quedo exhausto tras el esfuerzo y dejó a Ana sin el aseo correspondiente, con lo que dos días más tarde, Pedrolo en un nuevo intento de rentabilizar su gasto, encontró a la muñeca hinchada pero no dispuesta para el servicio. Sucia.

Dos veces son más que suficientes para que alguien acostumbrado a no tener más problemas que los mínimos llegue al hastío. Con un enfado considerable se dirigió a Aniceto ultimátum en mano. No podía ser que no lavara a ana, si el no podía desahogarse con ella habría que buscar una solución, la adquisición fue común y común debía ser el uso. Aniceto tampoco era amigo de líos , y mucho menos de líos de faldas.

Si recordamos lo leído, el asunto de las putas no tenía otra razón mayor que renovar el tema de conversación, agotado ya el de la última salida. ¡Que un hombre que se considere hombre debe ser malo alguna vez y poder contarlo! Para esas fechas se celebraba en toda España el día de San Juan y en el barrio no era menos. Con una fiesta y una hoguera.
No tardaron nuestros amigos en encontrar solución. Ambos estaban saturados de sexo, poco necesitaban. Ambos habían visto truncada su feliz monotonía ya lo suficiente. Ambos tenían garantizadas maldades que contar, con exageraciones y aspavientos incluidas, para varios años. Ambos veían peligrar su delicado equilibrio vital por culpa de Ana. Para mas justificación, Pedrolo no podía disfrutar de Ana y Aniceto no estaba por la labor de cambiar sus costumbres de salubridad.

El día de San Juan, por la tarde, después de recorrer cuartelillos y de disfrutar del ambiente festivo gratuito que las fiestas populares garantizan a gente como nuestros amigos, bebidas espirituosas incluidas, fueron a casa. Iban a sacar a Ana a pasear, iba a ser su presentación en sociedad.
Del brazo de sus dos únicos amantes, flanqueada y protegida Ana, hinchada y con sus mejores galas, boquiabierta como siempre, fue al bar donde trabajaba la mujer que le había dado nombre y que la recibió a carcajada batiente. Allí esperó hasta que ellos agotaran el contenidos de dos copas rápidas y fue acompañada hasta el lugar donde se centraba la fiesta grande. Ante la algarabía general fue entronada en un sillón subido a un altar donde supuso sería venerada. Allí quedo, sentada y reinando la fiesta. Nadie se fijó en la costra amarillenta de la entrepierna ni objetó a que fuese entregada en ofrenda a los dioses ancestrales y paganos a los que las hogueras de San Juan rinden tributo. Todos aclamaron las llamas y la débil explosión, que más que explosión podría haber sido ventosidad, arrancó aplausos de complacencia. Ana acabo su existencia reinando una fiesta, nuestros amigos también. Esa noche fue una noche que levantaría comentarios cuando hubieran pasado muchos años. Las invitaciones a beber llovían y supieron que la inversión de diez mil pesetas había sido un gran acierto.

Aniceto y Pedrolo no recordaron el final de la fiesta, pero entre fantasía y realidad volvieron a sentirse vivos y con una historia para compartir y mostrar. Volvieron a ser felices en su propia esencia, la suya.

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15 respuestas a Líos de faldas

  1. Anghara dijo:

    genial..

  2. Wifredo Riz Chico de Guzmán dijo:

    Juan, me encanta el envoltorio, pero no tanto lo envuelto. Dentro de mis limitaciones considero que escribes muy bien. Me gustan tus escritos, de siempre.

  3. Reme.M.M. dijo:

    Me has tenído enganchada hasta el final.

  4. kika dijo:

    Pues esta muy bien. Siempre han habido personajes como los protagonistas de tu historia, y seguro que siguen habiendolos. Me ha gustado tu forma de contar esta historia .

  5. rosa. dijo:

    A la hoguera con la bruja!! la amistad ante todo … Me ha encantado!

  6. Alicia dijo:

    Podría hacer dos cosas: hablar mucho y no decir nada para quedar bien, o decir lo que pienso y arrepentirme después. Dicho esto, no hay vuelta atrás, porque tú esperas mi sinceridad, y aunque te duela oírla, sé que la prefieres a la ambigüedad. Queda claro que son mis impresiones. No soy un crítico literario, ni un destructor de sueños. Tampoco tendré nunca tu valentía. Publicar lo que escribes y exponerte al veredicto, velado o no, de la gente que, como yo, se atreve a opinar sin contar con el aval de la sapiencia, tiene su cortafuego; puedes aislar lo que no te gusta, y agrupar lo que si. Espero que lo hagas. Después de todo, ¿Quién soy yo para cuestionar o concordar?
    Tu “cuento”, como sueles llamar a tus relatos, cuenta con jugosos atributos. Me has tenido enganchada hasta el final, y eso es bueno, porque el ingenio del que haces gala, capta la atención del lector.
    Tengo la dichosa manía de buscarle siempre la cara oculta a todo. Aquello que no se lee, pero se intuye. No siempre encuentro el simbolismo, y en tu cuento lo he encontrado. Lo cual quiere decir, que tiene alma.
    El alma de los “simples” que son felices a su manera, sin envidiar, ni codiciar nada. En paz consigo mismos, al margen del lo ulterior. Viven y dejan vivir. No pretenden dejar huella pero defienden sus pasos para que nadie los pisotee. Es su vida, y ellos han elegido la forma de vivirla. La palabra “cuestionar”, los turba e irrita.
    Has cometido algún fallo con el adverbio “aún”. Las tildes diacríticas, últimamente, nos llevan de cabeza. Pero la expresividad ha sido buena, aunque sé que puedes hacerlo mejor, para darle más armonía, sin abusar de las preposiciones. La plétora de las preposiciones, pueden convertir el texto en un trabalenguas.
    Me aplico el análisis. Es difícil escribir y al mismo tiempo ser espontaneo y natural, sujeto a un montón de leyes ortográficas. Por eso escribir es un don, un don que hay que pulir como cualquier otro, y ayudarlo a crecer.
    Si algún día tuviera tu valentía de escribir, me gustaría que alguien me hablara como yo te estoy hablando. Seria lo única forma de dotar a mis trabajos de: fe, superación, confianza y franqueza.
    Un abrazo, Juan

  7. Muchas gracias Reme Kika y Rosa, de eso trataba, de estar un rato entretenidos todos, yo me lo paso en grande escribiendo estas cosas y me alegro muchísimo cuando amigos o desconocidos dejáis prueba de vuestro paso por aquí con un comentario.
    Alicia, la tildes diacríticas son unas hijas de mala madre, Yo las pongo, pero como no me tragan a la mínima se me salen del texto. Y no sólo eso sino que se van al bar de Pedrolo y Aniceto y se ponen de coñases hasta los ojos. Cuando vuelven, o no encuentran su sitio o se acuestan en mi cama sin pedir permiso. Una cosa te tiene que quedar clara Alicia, tus comentarios, siempre, siempre los leo con interés absoluto por dos cosas; Una porque se que los haces de muy buena fe; Dos porque eres una persona de la cual siempre podré aprender y yo soy de los que aun, jejejej aún, no lo saben todo.
    Un abrazo a las cuatro.

  8. Belén Máñez dijo:

    Pue lo mismo te sorprendo, porque me ha gustado mucho y además hoy me hacía mucha falta reirme un rato!!! jajaja!! sigue escribiendo mákina…

  9. Belen muuuchas gracias. Con tu risa y mi mala baba tengo ánimos para escribir una saga de esta pareja. me están catendo bien y todo jejejej

  10. susi dijo:

    Oliiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii, sigue a ver que nos hacen estos dos……., me encanta

  11. vicent dijo:

    Oli este es bueno,me ha gustado como nos haces ver a los dos MACHOTES. Para cuando uno mas largo? Abrazos pa tots

  12. ¡Vicent! ¿te ha gustado? ¡¡¡Pero si este no tiene sangre!!! Bueno, la del periodo quizá,
    pero esa está implícita.

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