No era divina querido Dante.

Y cayó al fondo…

En el fondo no estaba solo. Miles, millones de almas sucias, envueltas en una espesa charca de aire aceitoso, gris, sudado. Manos sangrantes y uñas arrancadas a causa de vanos intentos de escapada, débiles, fútiles, inútiles. Caras angustiosas que, boquiabiertas y anhelantes, alzaban la mirada intentando respirar aire limpio.

Desde el fondo se veía la pirámide, la pirámide de donde habían caído todos.

Encima, sobre ella, con la transparencia que daba la irrealidad de un hecho inventado, se veía el cielo. Porque la pirámide, esa pirámide social en la que todos vivían, era una cárcel inventada, la peor de todas las cárceles y él sólo sabía vivir en ella, no lo había hecho en ningún otro lado, no lo podía hacer en ningún lado.

Sabía, como todos los habitantes del poliedro, que existía el fondo. Todos los consejos, la educación recibida, las maneras, los problemas, las soluciones, estaban encaminadas a que no cayera, pero a la vez también lo estaban a que no pudiera abandonar la base o cualquiera de los cuadrados que componían la nefasta pirámide, para que viviera y muriera donde nació. Y él nació en la base. Y la base ¡estaba tan cerca del borde!

Desde abajo, con la conciencia clara de ser más animal que persona, impregnándose del hedor y la sebosidad del medio, veía los rostros de los que hasta hace unos instantes eran sus amigos, compañeros o cómplices y confidentes, de los que fueron suyos y de los que no lo fueron. Rostros peyorativos y castigadores, dolorosos e impíos, crueles.

Quiso salir, llegar hasta ellos que estaban arriba, y se dejó las uñas donde ya las habían dejado tantos y tantos otros. Arañó las paredes sanguinolentas, mezcla de humedad y sangre corrompida, y estas le devolvieron a su punto de partida, no alzó un palmo y aún le pareció que estaba más al fondo, sin haberse movido.

Miró sus manos, miró las de su vecino. Manos desgajadas, rasgadas y jironeadas en un instante, manos que fueron limpias y fuertes otro instante antes y que ahora no le servían para salir del fondo del pozo. Dejó sus uñas rasgando las paredes, intentándolo.

El pánico acudió a la llamada de sus ojos que, observadores de la realidad que le rodeaba, ya habían tirado la toalla a la espera de que el resto de él, sus restos, la tiraran también. Porque allí abajo todos tiran la toalla, y todas las toallas, envueltas en mugre putrefacta, envuelven a su vez a quienes las tiran atrapándolos con fuerza contra el suelo.

El pánico ya le había sacado en varias ocasiones de diversos atolladeros y, sin pensar, mordió la pared. Astillas de hormigón y costra pringosa dejaron un hueco en el liso y cochambroso frontón. Sus dientes eran más duros que sus uñas. Metió sus manos en el hueco y comenzó a escalar. Voces le increparon al verle subir.

-Quédate, no lo intentes, ni puedes ni vale la pena.

Volvió su cara a las voces y los vio a todos.

Vio el hueco que habían dejado Amy Winnehouse y los enviados allí por drogas, aquella chica tenía arte. Ella había caído desde lo alto y estaba a un lado, en el mismo lado en el que estaba el vacío de los que bajaban cada noche y subían cada mañana, pernoctadores. Seres que de día, vivían vidas normales, a menudo ostentosas y ejemplares y que, cada noche, al acudir a ellos la soledad, bajaban al fondo. Su fondo era especial, era moral e interior, nada les faltaba en la pirámide social creada para y por ellos, nada hacía pensar que fueran habitantes del fondo cada noche, excepto la suciedad de sus corazones y sus almas, pero esa sólo la veían ellos, la sentían ellos, si es que la veían o la sentían. Y la sufrían, cada día, al despertar, tenían que tapar las huellas de haber pasado la noche en el fondo, y lo que era peor, tenían que ocultar el rastro que dejaba el saber que la noche siguiente volverían a él, porque volvían indefectiblemente; su vida se construía sobre la hediondez de sus sentimientos y sus actos, que era la que les arrastraba cada noche a su tortura.

Giró la cabeza y, desde la altura que había conseguido alcanzar, vio más, mucho más. Vio a los que nacen allí. Los que, sin ninguna causa, ni moral, ni física, ni otra que no sea la inmoralidad de los pernoctadotes estaban condenados a una vida total en el fondo. Vio niños. Millones de niños de tez oscura la mayoría, hacinados en un rincón del fondo. Junto a ellos, millones de padres que, aunque intentasen escalar la pared, aunque lo consiguiesen, serían arrojados de nuevo al fondo nada más ser descubiertos arriba por los mismos que no querían caer, habitantes de una pirámide social ciega. Desheredados, rechazados por miserables, por los mismos miserables que habían tenido la suerte de no nacer abajo. Desperdicios sin culpa.

Ojos inocentes en cuerpos por crecer habitando la caverna.

Y lloró.

Y su llanto le dio más fuerzas.

Clavando los muñones en que se habían convertido sus manos en los huecos dejados por los mordiscos rabiosos de sus dientes. Continuó escalando, poco a poco, sin pausa, sin dejar de llorar, sin quitar la mirada de esos niños. Países enteros, regiones enteras, familias enteras, nacidas, vividas y condenadas a vivir y morir allí, en el fondo, sin esperanza, sin dios ni justicia a su alcance

Y llegó al borde.

Gula y pereza.

Hubo manos de caras queridas que le alcanzaron y le ayudaron en los últimos metros. Besos, abrazos y efusiones que no pararon su llanto. Ojos que le miraban y no veían sus muñones, ni sus lágrimas, ni su recuerdo de los desheredados.

A su alrededor, condenados. Muchos por pereza, otros por gula, la mayoría por un destino sin razón. Gestos sometidos a un futuro cierto y acabado antes de empezar, a la espera de que les llegase el momento. Pensamientos mezquinos y aborregados de quien no aspira más que a no caer. Corazones pulcros pero resignados, lo que los hacía un poco menos honestos, menos sinceros.

Las caricias de quienes le querían ya no eran suficientes, ya no le podían esperanzar el corazón desgajado en el fondo horrible, el corazón desgarrado después de haber visto ese lado de la vida. El aire ya no le parecía limpio, sino mezquino, cerrado, insuficiente, asfixiante.

Volvió su rostro hacia la gigantesca boca del pozo y vio los pequeños orificios

por los que caían los de niveles altos de la pirámide al fondo y no lo dudó. Mordiendo con rabia incontenida las paredes de los pequeños túneles, continuo escalando, arriba, arriba, arriba. Mordisco, desgarro en la cutre para de miseria y tirón; arriba, arriba, arriba. Tenía que respirar el aire limpio, no quiso quedarse en el aire conforme, el aire resignado, tenía que ver a los creadores de la pirámide y el fondo; a quienes lo idearon y lo mantuvieron hasta que él llegó; y estos habitaban más arriba, donde el aire perdería su pestilente emanación, ese vaho que no le abandonaba. Y alcanzó el otro nivel.

Lujuria

Allí el aire no era más limpio, ni más fresco, ni más abundante que en el nivel inferior, sólo era diferente el olor, aunque los efluvios que le acompañaban desde el fondo persistieran en sus fosas nasales, estaban dentro de él, así como su recuerdo, que le hacía dudar de su propio olfato.

Vio engreimiento y mentira. Un mundo de hipocresía y falso orgullo. Comprendió que las personas que allí habitaban ni eran mejores ni peores que las de abajo. Estas hubieran visto con altivez inmerecida a quien moraba bajo sus pies si hubieran podido mirar desde esa altura. Condenadas a caer bajo el peso de sus muchos vicios, lujuriosos, superficiales.

Vio vanidad.

Apestosa vanidad de un auto-reconocimiento ni solapado ni disimulado. Base de la autosuficiencia ante inferiores, falsa, sí, pero desconocida por ellos mismos a

raíz de haber recibido la misma y farisaica educación que la del primer nivel.

Conformista, aduladora, engañosa, humillante, opresora.

Y no paró de subir.

Comprobó que los túneles se estrechaban, ya no eran amplios y capaces de encauzar a montones de gente. Aquí, en estos túneles donde el sabor del aire era el mismo que en el resto, pero por donde no bajaba multitud, las paredes seguían siendo hormigón cubierto de restos de carne. De dedos rozados hasta sangrar, prueba de que la caída era tan inevitable e indeseada como cierta. Cada vez que mordía, porque para subir siempre hay que morder, el sabor amargo y corrompido le llenaba las papilas, pero tenía que ver quien habitaba más arriba, por qué caían menos, qué les hacía mejores.

Ira y envidia.

Lo supo nada más alcanzar el borde del pozo. No eran mejores. En cada planta la cantidad de habitantes se reducía. Aquí encontró poder, poder prestado por los verdaderos amos a cambio de unas migajas, de ser la mano azotadora. Políticos, lideres morales, sacerdotes, especuladores, todos imbuidos de envidia e ira era el común de los que allí estaban. Los políticos, sacerdotes, líderes o especuladores, estaban en todos los niveles, pero los de allí estaban no respiraban su mismo aire. Envidia de sus amos, iracundos con sus lacayos. Gozosos de una superioridad conseguida a base de servilismos, en muchos casos, causa directa de sus viajes al fondo. Nada a lo que quisieran renunciar, nada de lo que arrepentirse, nada en que pensar, un solo objetivo, mantener su estatus en la pirámide. Allí el aire no

era humano, mas bien parecía estar dispendiado para mantener criaturas de

ciencia ficción, feas, horribles, amenazadoras, crueles. Miró con desprecio a su alrededor, y no sintió pena, sabía que de allí bajaban muchos, pero no lo apenó, quiso que bajaran todos y vieran con sus ojos lo que él había visto.

Delante de él estaba el último tramo de túneles. No tenía la misma pendiente, ni las paredes eran sucias, ni había rastros de lucha por no caer. Una escalera estrecha y limpia se elevaba girando en torno a un eje invisible, pegada a las paredes del túnel. Comenzó a subir peldaño a peldaño, extrañado. Sabía que iba a la morada de los pernoctadotes, pero no sabía qué encontraría allí. A pesar de no tener que luchar contra las condiciones de los otros túneles, el esfuerzo del ascenso era sobrehumano. Kilos de aire se agolpaban en sus hombros, un aire rancio, enrarecido, formaba una mano que empujaba su cansado cuerpo hacia abajo, como si no quisiera que subiese; no; como si quisiera hacerle más costosa la subida. Y a fe que lo conseguía.

Soberbia y avaricia.

Al llegar arriba vio espacio. Un espacio como nunca había visto. Arriba, el cielo, acristalado y claro. Al fondo, muy al fondo, figuras de personas desdibujadas por la distancia. Lujo de oro. El suelo repleto de riquezas hasta hacer imposible el caminar. Con esfuerzo avanzó hacia las sombras que divisaba a lo lejos y en tanto se iban perfilando sus cuerpos, fue teniendo miedo, miedo como en el fondo, porque allí el ambiente era el mismo, no habían excrementos, ni vómitos, pero el olor era ese, infecto y pútrido, era ese mismo olor infecto y pútrido del

fondo. Vio cómo se giraban al unísono hacia él los pocos habitantes del vértice, curiosos, relajados. Al acercarse, comprobó con terror que tenían muñones donde deberían tener brazos, como él, los muñones del alma que crea al conocer el fondo; pero además, sus troncos estaban abiertos, sus vísceras estaban al aire y nada había en el espacio donde debía estar el corazón. Los intestinos, colgantes o aguantados por sus propias manos para no arrastrar en el suelo. Vio el regular movimiento de sus pulmones, negros; nada había del rojo de la carne, todo tenía color apagado y oscuro dentro de ellos. Todo menos su sonrisa. Sonrisas abiertas y soberbias propias de quien se sabe poderoso, de quien sabía que con sólo una palabra podía cerrar el fondo, acabar con los pasadizos y cambiar la pirámide por un lugar plano, sin miseria, sin dolor injustificado y evitable. Curar a los niños que se hacinaban junto a sus desesperadas familias en aquel rincón de abajo, el que veían cada noche, divertidos. Sí, divertidos por conscientes. La maldad era la base de su existencia y la asumían como una cualidad común a todos ellos. Poco les importaban muñones o falta de humanidad, porque estaban allí y así por decisión propia, por avaricia. Poco les importaba ver cada noche amontonados a los habitantes del fondo, o saber que esa era la causa de su viaje diario allí. No querían ser felices, amaban su posición, sus riquezas y gozaban la miseria de los otros. Habían escogido dormir en el fondo a cambio de atesorar todo lo que producía la pirámide. Era suyo y eso era todo. Ni sabían ni querían saber de cosas como el amor, la piedad, la humanidad. Ellos como todos sus iguales, no veían defectos en sus vidas. La mayoría nació así y así se educó.

No pudo soportarlo. Bajo las escaleras corriendo, sin dejar sus lagrimas. Sitió pena por ellos, por los de abajo, por los de más abajo, por los de más abajo y por los del fondo, pero conforme corría fue cambiando la pena por odio. Y odió.

Y siguió llorando, esta vez, de rabia y repulsa.

Bajó un nivel y vio a sus siervos, y los odió. Bajó otro y vio a los engreídos, y los odió. Bajo a su nivel y vio la ruindad, y los odió.

Y supo qué tenía que hacer. Tendría que dar la vuelta a la pirámide y clavar la cúspide en el pasadizo, al fondo. Pero miró a su alrededor y entendió que estaba sólo. Nadie iba a mover un milímetro su posición, el conformismo, la resignación eran la tónica de sus vidas.

Y cayó al fondo.

Y al llegar, unas voces ya conocidas le dijeron.

-Te lo dijimos, no vale la pena.

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3 respuestas a No era divina querido Dante.

  1. Geminiana dijo:

    Empezando por el título (todo un acierto), continuando por los primeros párrafos (inciertos en el sentido más expectante de la palabra), sigo inmersa en el nudo en el que hasta me llegan a doler “sus-mis” manos para quedarme entre planchada y desconcertada con el desenlace. Madre mía Sr. ESCRITOR!!!! Independientemente del mensaje, que aplaudo de pie, este es un Sr. RELATO.

  2. kika dijo:

    Enhorabuena, todavía no logro apartar de mi mente la “recreacion” del hedor de las miserias del ser humano, ( deshumanizado) en este fantastico relato , removiendo conciencias , en esa inmersion tan explicita en los ” pecados capitales”. Fenomenal.

  3. Juan dijo:

    Tremenda historieta. Solo una cosa. No se debe ser tan pesimista. Siempre vale la pena. me ha gustado mucho

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