Moros y Cristianos

Llevaba años sin ver el desfile de moros y cristianos y aun así lo conozco de memoria, que para algo soy de Novelda.

Cientos, ¿O quizá miles?, de mujeres y hombres vestidos con galas que jamás existieron en una espectacular comunión festera.

Mujeres aguerridas y lindos hombres pasando de diez en diez a enseñarnos atavíos  producto de desenfrenos imaginativos en pos de una diversión sana, o no tanto, pero bienintencionada. Lo más cercano para muchos a la felicidad. Ese momento se desenvuelve a través logros comunes como es  la organización de un evento de ese calibre o de juergas y desmadres posteriores o/y anteriores.

El cuerpo en fiestas es un cuerpo golfo, no escatimemos palabras, y esa golfería es física, que no mental, limitada a unas fechas concretas y dejada de lado a la hora de tomar otras actividades de la vida de todos y es la que guía al ser humano en fiestas. Es un cuerpo golfo y eso contagia.

Y a mi me cansa. Me refiero al desfile, que no a la golfería, aunque también.

Después de ver un traje no apto para abrazos efusivos, que bien hubieran podido dejar seis cornadas en el cuerpo abrazador,  dada la cantidad de cuernos y pinchos que llevaba adosados, mi mente comenzó a divagar por otros factores.

Me fijé en los espectadores de la acera de enfrente y vi a Reme. Recordé que no era la primera vez que veía un desfile como este enfrente de ella, igual, bueno, con una diferencia. Aquellas veces ella estaba con sus padres y miraba con ojos curiosos e interesados de una adolescente. Esta, miraba con ojos protectores de madre a un imberbe jovenzuelo y a una correteadora niña.

También se posaron mis ojos, libres, en sus padres, que, sentados a la puerta de su casa, como en aquellas lejanas ocasiones ya no lucían la seguridad de personas maduras que les recordaba, sino la decencia de venerables ancianos que, rodeados de hijos y nietos cumplían la tradición anual.

Todos los desfilantes iban armados, incluso el señor de amarillo fosforito que, con las armas más actuales de todas y a la vez las más escasas, capazo y pala, cuidaba de que el señorío del desfile no se perdiera por las necesidades corporales equinas.

No sólo fue Reme y su desenlace lo que mis ojos miraron.

Los moros, pero no los del desfile, sino una pareja de hombres de Africa, inmigrantes que incrédulos y, sobre todo, no conscientes de que estaban asistiendo a un espectáculo, no a una recreación histórica, miraban anonadados la imagen que se reflejaba en el desfile. Esas caras de asombro de los protagonistas verdaderos siempre me ha llamado la atención y pocas veces ha faltado alguno para que yo observara sus gestos.

Volví a mirar el desfile y vi como aquellos contemporáneos míos que fueron los jóvenes de la comparsa ayer, hoy eran los hombres maduros, los maduros se habían convertido en ancianos apuntando a su retiro y nuevas filas, hijos de mis amigos, llenaban el hueco de los que en su día desfilaron como ancianos y alcanzaron ya su honroso retiro.

En fin, entendí que estaba viviendo una tradición, que mis hijos la vivirían indefectiblemente debido a su lugar de nacimiento, y me sentí integrado en ella. ¿Que sería de los moros y Cristianos sin espectadores como yo? Yo, ni procesiono ni desfilo, pero siento que la gente que lo hace es mi gente, y lo menos importante, los trajes. Porque una tradición para un pueblo va y viene en gastos y calidades, pero cuando la gente de un lugar se une para conseguir una meta crea unos lazos que no se desgarran como los vestidos.

No lo acabé, como casi siempre, pero me fui a cenar con el menor de mis  retoños, (el resto de la familia participaba en el espectáculo), y con el sentimiento orgulloso de ser de Novelda, y de haber asistido a su día grande.

Felices Fiestas.

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2 respuestas a Moros y Cristianos

  1. mozarabe dijo:

    Las tradiciones se hacen grandes con el tiempo. Y esta es una prueba. Si dices que te has sentido orgulloso de ser de Novelda por verlo, prueba a participar.

  2. Pilar Guerrero dijo:

    Creo que es una de las aspiraciones más íntimas del ser humano la de pertenecer y sentirse orgulloso de eso, tanto así, que ni lo toman en cuenta, o, tal vez, entre tanto consumismo y espectáculo, la pertenencia a un lugar ha sido reemplazada por la pertenencia a un equipo de fútbol, de básketball o de no sé qué. Me alegra ver que en Novelda la tradición se mantenga. Los seres humanos necesitamos de esas cosas para engrandecernos de verdad.
    Saludos desde Chile!

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