¡Saca Alfonso!

Hoy me he dejado de fumar. Esta mañana, al levantar mi yo, cabeza incluida, pese a los impedimentos de tamaño y gravedad, del lecho caliente y amoroso he decidido retomar mi decisión nocturna de dejar de fumar. Sí, nocturna, ¿o acaso soy el único que cada noche piensa que será la ultima de fumador?

He ido hasta la caja del tabaco, de allí a la galería, sala de fumadores familiar donde las haya, he tanteado el equilibrio de la secadora sobre su pie fuerte, la lavadora, y apoyando la espalda en ella, he sacado el cigarrillo del paquete.

Winston, me decía Philips Morris. Uno de los rubios que, estando buenos y siendo clásico, no es de los más caros. Que recordemos todos que la inversión monetaria es uno de los primeros motivos autoafirmantes que nos ponemos como excusa para dejar de fumar. ¿Quién no ha dicho alguna vez que con el dinero del tabaco se podría hacer un viaje al año?

Después no se hace, al menos no más que si fumas, pero queda muy bien, es un pensamiento trabajado por otro, y eso siempre da descanso y relaja el intelecto.

Orgulloso, lo he vuelto a meter en la cajetilla y, abandonando el lugar de vicios hogareño  he devuelto el paquete a su cajita de perdición, contenedora de pecados veniales y refugio de tentaciones.

Aguantando como un jabato, mientras cumplía con las tareas indispensables y con el sol a media altura ya, como cuando parece que salir a saludarlo sea obligación, un inexistente olor a buen café ha invadido mi subconsciente, y como no, para que resistir, bastante martirio me he impuesto ya por hoy. Allá he ido, que “mandaos” siempre hay que hacer, y una bombilla siempre hay que comprar.

Mi intención era ir a la tienda a por la bombilla y a la vuelta tomar el café ansiado, y andando en camino, al doblar la esquina, asomando, he visto el cigarro y la barriga de Alfonso, uno de los parados del barrio, 2 años ya, 400 Euros mensuales, tabaco liado o puritos infumables, y un estoicismo admirable para soportarlo. Enfrente de él, charlando, Luís, va a turnos y una de cada cuatro semanas esta de reducción de jornada. De tema, lógicamente la ley antitabaco, ¡como no! fumando en la puerta del bar a causa de ella, y no eran cosas bonitas, aunque tampoco diferentes de las que ayer, y anteayer, se dijeron.

Mas adelante, puesto que no cambié mi intención de comprar primero la bombilla, conté 10 hombres en dos grupos al sol de los huecos de los árboles del parque cercano, estos no hablaban , estaban simplemente. Probablemente ya habían gastado las palabras en los días, meses o años anteriores, la mitad jubilados, la otra mitad pensando porqué aun no les tocaba. Pásmese lector, con prisas por hacerse viejos.

A la vuelta de la bombilla todo había cambiado, primero vi a los dos grupos en el parque y después a Luís y al cigarrillo y la barriga de  Alfonso, justo al contrario. Aunque las conversaciones las conservaban, al menos los que la tenían. Diríase que se trataba de un tesoro, un plato caro que hay que saborear.

Me dijo Luís que la ley antitabaco les estaba mandando a la calle.

Miré al parque, mire a Luís, miré a Alfonso y lo tuve claro.

-Alfonso, dame un purito de esos a ver.

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