Mas vale humo que escarcha.

 

 

 

Últimamente estoy visitando el hospital más de lo que me gustaría. El día 30 del pasado, mientras mi acompañante recibía el tratamiento al que asistimos religiosamente cada 21 días y que dura tres horas de reloj, bajé a la puerta del recinto a hacer humo. Tengo que decir que yo soy un tío muy tradicional, y que adopto con extrema  facilidad la sabiduría popular, y  el refrán,”mas vale humo que escarcha”, me ha marcado de siempre, eso, unido a mi pasado agrícola, me hace mantener una lucha constante contra las heladas en forma de cigarrillos, inclusive en tiempo veraniegos, “mas vale prevenir”, otro de mis lemas.

Eso debió pensar el listo que dos días antes de la entrada en vigor de la norma  escondió la palangana a modo de macrocenicero  que había, para disfrute del olfato y de la vista, en la misma entrada del hospital, y en el que yo aportaba mi granito de arena en pos de una cosecha mejor quemando hierba seca. Eran muchos los fumadores viciosos que aprovechaban la circunstancia y hacían sus necesidades pulmonares a mi lado, pero doy fe de que yo era el único que lo hacia de modo altruista y pensando en el bien ajeno.

Estando allí y viendo la falta de escrúpulos del personal sanitario que ya ni las buenas obras permite, recordé una conversación escuchada 14 años antes, en ese mismo hospital.

Estaba con un hermano que había venido a visitarme y a ver al nuevo miembro de su familia recién nacido. Henchidos de gozo, y de satisfacción que diría Juancar el coronado, recordé mi obligación autoimpuesta de ayudar en la prevención de heladas e invité tabaco al orgulloso tío. Al final del pasillo había una sala para fumadores, pero decidimos ir a las escaleras junto a una enfermera de buen ver y al medico que la estaba reconociendo visualmente, aunque, todo hay que decirlo, ni mucho menos un reconocimiento tan completo como el que le hicimos nosotros en nuestro afán de integración social.

-Mira, han puesto un cartel de prohibido fumar bajo multa de hasta 500.000 pts.- decía la dama mientras una recién parida, arrastrando un gotero, se unía al heterogéneo grupo.

– Si, es el gobierno que en tal de manejarlo todo solo busca prohibir, al final ni en los bares podremos fumar -previó el medico escrutador- llegará un momento en el que tengamos que pedir permiso para todo.

Que barbaridad, pienso ahora. Fumando dentro del hospital, a escasos metros de la puerta con los recién nacidos, sin ceniceros para dejar las colillas que yacían desparramadas en el descansillo. ¡Y ninguna se había quemado con tan buenos fines como las mías!

Dentro de 14 años, recordaremos los bocatas de jamón con ducados, las ensaladillas amarillas sin yema de huevo encima, las lágrimas con tostada para el desayuno cada vez que te entra en el ojo el humo del vecino, el olor de la ropa. Y lo recordaremos con incredulidad. Nos veremos bárbaros, bueno, yo no, que lo mío es otra cosa, no es vicio, es altruismo y esbozaremos una sonrisa si recordamos estas conversaciones.

Hace 14 años que fumo en casa entre la ropa tendida, la lavadora de la galería y la secadora.

No será tan malo salir a deshelar las tierras después de comer a la puerta del bar.

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